Un seísmo grado 7 en la escala del quejío recorrió los cimientos de la casa de los Terremoto en la noche del 6 de noviembre. Fue allá por San José, un pago arracimado a la barriada de la Asunción de Jerez y microcosmos flamenco que conservó el aroma de los patios en sus bloques de vecinos. Allí donde una familia gitana, oriunda de Santiago, se estableció y elevó el jipío mojamero a la más alta expresión gitana del cante.
El acto de imposición de la Insignia de Oro de la Asociación Cultural Flamenca Fernando Terremoto a María Fernández Benítez, legataria de la saga, desbordó el río de las emociones. Porque son muchas las penas que bordan el manto de la ralea. Fue primero el padre y luego el hijo en una extraña comunión de fatales duquelas tempraneras. Por eso, tanto en lo humano como en lo artístico, María Terremoto es el desafío de toda familia ante la desgracia; la flor que ha taponado las heridas del tiempo.
Ya lo dijo su tía Juana: «María lleva en todo lo alto la bandera de los Terremoto en el mundo». Sí, María, la niña que jugaba con tinta en la peña de su abuelo. Aquella que se subió por primera vez a un escenario sin saber que su padre la iba llevar de la mano a ser una gran figura. La niña que jugaba a ser cantaora ignorando que, al mismo tiempo, iba a cargar una cruz llena de nódulos de siguiriya. Pero también con una luz inmensa en forma de bulerías. Los Terremoto, el cante de Jerez con todas sus llagas y todos sus caireles, que diría el poeta Manuel Ríos Ruiz.
«Tanto en lo humano como en lo artístico, María Terremoto es el desafío de toda familia ante la desgracia. La flor que ha taponado las heridas del tiempo. Ya lo dijo su tía Juana: María lleva en todo lo alto la bandera de los Terremoto en el mundo»

Esos fueron los sentimientos encontrados en la noche cuando la distinción clavó sus alfileres en el solapa de la cantaora. Y ahí las lágrimas, ahí la alegría, ahí el dolor golpeándose los unos a los otros. Consciente de todo ello, María Terremoto buscó el abanico del recuerdo para desgranar un recital en forma de agradecimiento. Comenzando con el romance de su Manifiesto, bulerías para escuchar (cabal guiño a Rosalía de Triana, por cierto) y malagueñas melliceras con abandolaos. Tras el descanso, la banda sonora original de su casta: la siguiriya lastimera, para continuar por tangos y bulerías de repajoleras maneras. Un triunfo que no podría haber sido tan rotundo sin la directa colaboración de la guitarra de Nono Jero y la palmas de Manuel de Cantarote y Juan Diego Valencia.
Capítulo aparte para el agradecimiento a sus tías Juana y Luisa, a los Juan Ángel Blanco padre e hijo por su saber estar; a Juan Vargas, presidente de la entidad por su trato; a los Morión por el calor desde la humildad; a Hugo Pérez, hacedor de los éxitos desde el sacrificio; a Manuel Moreno Román, certero maestro de ceremonias; a Juan Luis Monge, fotógrafo del pellizco gitano por este material gráfico que compartimos. Y a todas las personas que hicieron posible una noche en la que el cante de María incendió con su luz todos los balcones soñolientos de Jerez a Triana. ♦














