El poeta José Iniesta –Valencia, 1962– acaba de publicar El alma por la boca, significativo título, en la editorial Pre-textos. Licenciado en Filología Hispánica y profesor de instituto, es autor de varios libros de poesía y ha obtenido premios como el de la Crítica Valenciana por Cantar la vida (Renacimiento, 2021).
Tiene una buena selección de su poesía más jonda, más ligada al flamenco por métrica y espíritu, y por ello nos reconoce el autor:
«Mi afición y más que afición al flamenco viene de muy lejos. Mi abuelo Galo, al que yo no conocí, me contaba mi abuela que cantaba flamenco muy bien, por los caminos de Sierra Morena, de venta en venta y de pueblo en pueblo, pues era arriero y comerciaba con aceite. Yo de joven seguía con devoción el estupendo programa de Fernando Quiñones que hacían en La 2, y empecé a conocerlo más, a comprar algunos discos, el primero de Camarón. Viajé muchos años por pueblos de Andalucía en busca de festivales de cante hondo, a veces solo y otras acompañado, y tuve oportunidad de ver a grandes cantaores ya desaparecidos. Me vienen a la cabeza La Paquera de Jerez, Fernanda y Bernarda de Utrera, Camarón y mi Carmen Linares, José de la Tomasa, a Menese y José Mercé, Miguel Vargas, a El Agujetas, María Soleá, Inés Bacán, El Cabrero… Fueron muchos, porque fui muchos años y pasé por pueblos y festivales de cante que perdurarán en mi memoria: Utrera, Morón, Puebla de Cazalla, Marchena, a Sevilla y Jerez y Cádiz, al Cante de las Minas. También a los festivales de flamenco de mi ciudad, Valencia, Torrente, y a Madrid en cuanto tenía ocasión. Las letras del flamenco, muchos de sus versos –no todos– siempre me impactaron hondamente por su verdad y brevedad, por su fuerza arrolladora en el dolor y en la alegría, en el misterio, en el grito que sale desde dentro, ya me entiendes. Lo he escuchado mucho también en soledad y lo he llorado. Conozco más o menos palos e identifico muchos de ellos al escucharlos, aunque algunas veces me equivoco. El cante flamenco lo siento como mío».
El libro ya tiene una segunda edición desde mayo, y en ella el autor ha escrito un prólogo titulado Prólogo al quebranto y la ternura, una delicia, del que reproduzco algún fragmento para entender mejor la obra y su intención:
«Nana, niño, nana. / Este niño chiquito/ no tiene cuna. / Su padre es carpintero / y le hará una. / Ea, ea, ea. Tal vez, esta primera nana que escuché de niño, esta luz exacta de mi origen, cambió mi vida para siempre. Pobreza y amor, consuelo y enseñanza, canción de vida en la boca de mi madre y el latido de su corazón, compás antiguo del flamenco y la queja más dulce, vértigo del mundo y sus injusticias, y la figura lejana de mi padre, todo se me concedió aquel día, qué importante. Quizás, no sé, al escribir estas soleares sólo intenté agradecer el oro eterno de esta nana sin tiempo que va conmigo, la ternura doliente que me entregó mi madre, el diamante roto de una lágrima transformada en gozo y comprensión».
Y más adelante: «Coplas que son origen de mi luz, memoria agradecida y sangre en la garganta, el espesor del tiempo. Algo permanece, un temblor en la hondura, una brasa entre cenizas. El cante es una flecha en el aire, yo anhelo ser arquero nada más».
«Es el conocimiento del flamenco y la dicha de haberlo escuchado toda mi vida lo que me ha servido de luz y guía para poder elevar mi palabra a un lugar distinto, al territorio verdadero de lo popular, que no es otra cosa que la vida cantada desde el alma»
En su obra en general hay una selección donde la calidad es alta como lo es en su poesía en conjunto. Aborda temas ineludibles como el tiempo, la soledad, la vida, el sueño, la duda existencial, la muerte, el amor, el dolor, el desasosiego. Usa la estrofa llamada soleá, de tres versos, y en algún caso la estrofa de cuatro versos conocida como copla, cuarteta asonantada o cantar. Por tanto, por esta característica y sobre todo por el tono y fondo de muchas de ellas podrían encajar en el cante –en el palo o estilo llamado soleá, aunque también en otros–.
Algunas enlazan totalmente con las de la tradición:
¡A mí me importa muy poco
quién viene por el camino,
porque me siento muy solo!
Cuántas cuentas hice yo,
y las cuentas no me salen
cuando son del corazón.
Yo buscaba mi sentido,
y encontré la confusión
en un cruce de caminos.
Por esto, cantaores y cantaoras tienen en estas letras, en estos poemas, material poético para ampliar su repertorio. De hecho, ya han sido cantadas en directo algunas de ellas, nos dice, por artistas como Juan Antonio Chacón con la guitarra de Sebas o José León el Cabrero de la Mancha con José el Tomate.
Tituló la selección que el propio autor me envió Aunque muera de sed, muchas de ellas en el libro, de las que muestro algunas más:
Entre la vida y el sueño
hay un río que se escucha
en las afueras y adentro.
Tengo una rosa en la mano
y en mi pecho el desconcierto
de no saber dónde vamos.
¡Cómo cabe lo infinito
en mi vida, siendo breve,
si lo canto en el camino!
Nada quiero en esta silla
cojita de mis tormentos
donde sé que soy la vida.
Habrá que creer en algo
para encontrarle sentido
al misterio de mis pasos.
Qué pena más grande tengo.
Estaba mirando el río
y aumentaron mis desiertos.
Supongo que no sé nada,
pequeñas cosas acaso
sin demasiada importancia.
¿Desde cuándo el loco viento
me susurra entre las cañas
las canciones de mis muertos?
¿Y quién me lo iba a decir
que después de tantos pasos
me alejaría de mí?
Acógeme, noche en calma,
que aquí mi madre no está
y caricias me faltan.
Qué poca importancia tengo.
Estoy mirando en los bosques
maneras de ser del viento.
¡La razón de mi cantar
ni siquiera yo la sé,
y os lo digo de verdad!
Sé que me voy a morir,
y a la vida la amo tanto
que me voy a resistir.
A mí ya me sobra todo
de tantas necesidades.
¡Mira qué pobre es el oro!
Yo viví en la claridad,
y hoy el mundo se oscurece
al llegar la tempestad.
Medito y nada me queda,
salvo este sol, qué alegría,
abrazado a mis tristezas.
Yo buscaba mi sentido,
y encontré la confusión
en un cruce de caminos.
Por mis selvas y desiertos
yo no sé qué va a pasarme:
la vida es un contratiempo.
¡Y qué más da dónde vaya
si no sé dónde me encuentro
ni a las diez de la mañana!
Ahora estoy donde no estoy.
¡Ya ves qué importan lugares
donde clama el corazón!
Mi vida es un desarreglo,
igual lloro de nostalgias
que río de desconciertos.
Voy a romper mi reloj
con una piedra muy dura
por saberme en libertad
antes de mi sepultura.
La vida, ¡qué cosas tiene!
Ayer vine a levantarme,
hoy no sé dónde caerme.
Barruntaba con mi frente
que no existen los caminos
si no soñamos la fuente.
Esta vida es un derroche
de mentiras y de abrazos,
de jazmines y de golpes.
Yo no sé lo que me pasa
que sendero que yo elijo
se me vuelve encrucijada.
Contigo, muerte, contigo
no tengo nada que ver
porque jamás te he querío.
De tanto camino andado
no sé si vengo o si voy,
ni sé si es condena o dicha
el tic-tac de mi reloj.
A fuerza de andar a oscuras
he descubierto una lámpara
al fondo de la locura.
Despacio, muerte, despacio,
que este viaje se me acaba
y quiero hacerlo muy largo.
Obra poética, pues, la de Iniesta que tiene su hueco para el flamenco, para su métrica y esencia. Sobre qué ha aportado El alma por la boca a su visión del flamenco, para concluir, comenta el autor:
«Más bien diría lo contrario. Es el conocimiento del flamenco y la dicha de haberlo escuchado toda mi vida, el que me ha servido de luz y guía para poder elevar mi palabra a un lugar distinto, al territorio verdadero de lo popular, que no es otra cosa que la vida cantada desde el alma.
La hondura y el grito, la palabra pura que nace de la entraña, el equilibrio entre la emoción y el pensamiento, lo breve y lo sencillo expresando con una música antigua lo más grande de ser hombre, el compás del corazón llevado a la sentencia, todo ello me lo ha regalado el cante y la sabiduría de sus letras. El flamenco, si sabes escuchar, es muy grande. Yo sólo he sido un poeta aprendiz, un poeta que desde su mundo aprende y escribe y canta la vida». ♦
→ José Iniesta, El alma por la boca, Valencia, Pre-textos, 2026















