Venimos hace ya años reiterando que aislar las localidades donde suceden los fenómenos creativos flamencos, es decir, las llamadas ciudades cantaoras, sería como poner puertas al campo, delimitar los centros flamencos y facilitar, pues, la desvinculación de otras comarcas cantaoras con las que viven rigurosamente conectadas.
Y buen ejemplo de ello es Andalucía en el tiempo, espectáculo que diversifica la oferta cultural flamenca de un tiempo remoto, pero que es la confirmación de que el territorio es espacio, es historia y es cultura. Es, también, una manifestación del nivel de desarrollo de una sociedad, pero es, sobre todo, expresión de la cultura de la población que habita ese espacio.
Reconocer, por tanto, esa diversidad, fue el objetivo incumplido de esta propuesta que, fuera de escena, abrieron por tonás Jaime el Parrón y El Boquerón, para ya en el proscenio actuar, por el orden que les reseño, Romerito de Jerez, intentando conseguir una soleá –¿dónde las variantes jerezanas?– con tiempos vivaces y contrastes dinámicos, aunque falta de entonaciones en la cadencia.
Incomprensiblemente el siguiente cantaor, el almeriense Pepe Sorroche, no abordó el taranto, sino la soleá apolá, a la caza de un sonido redondo o caudaloso, pero sin penetrar en los cauces, y lanzado al ansia de matizar la musicalidad y a imprimir una lógica conjunción y equilibrio.
El Pecas, que representaba a Huelva, fue más astuto y sí abordó los fandangos de su tierra sin languidecer en las caídas mortecinas, sino buscando la transparencia y nitidez de los estilos, beneficio que consiguió en la variante de El Peque de la Isla, con un virtuosismo que hizo subir el nivel de la construcción de la propuesta.
Mas el horizonte creció con la representante de Cádiz, Carmen de la Jara, desde la tensión pausada y los contrastes de los tientos de su tierra, con dejos aterciopelados y sin acidez en el extremo agudo de sus registros, culminándolos con unos tangos gaditanos con los que subrayó grandes diferencias, pues desbordó las tonalidades lumínicas con cremosidad en la emisión y –algo fundamental en el cante– controlando el diafragma.
«El mapa de propósitos quedó insatisfecho y antipedagógico al situarse sobre la geografía del flamenco, un hecho cultural vinculado a las tierras flamencas excepto a Lebrija, gestado en un geosistema llamado Andalucía, en la que de manera constante se ha producido un intercambio de flujos, y donde la diversidad y el mestizaje se dan, aunque no en toda Andalucía con la misma intensidad, la misma cadencia melódica o el mismo lenguaje expresivo»

Tocaba el turno a un segundo grupo, principiando con Curro Lucena, cordobés que dejó una malagueña de maestro, con tintes hondos en los tercios graves y compensándola con el fandango de Lucena y la rondeña, dos variantes de prestación escénica enérgica, con un fraseo incisivo, pero sin desbordar el exceso de color vocal, como tiene que ser.
Avanzaba la noche focalizando el interés en Granada con la garganta hiriente de Jaime el Parrón, que nos dejó una sensación agridulce al no cantar la granaína y sí cruzar la soleá desde la óptica estilística, con lo que echamos en falta una mayor dosis de precisión ejecutora y una menor monotonía cromática, aparte de la pura colocación de las variantes sin sacrificar con ello la articulación.
Poseedor de un material importante y procurando regular sonoridades e intensidades, percibimos a Joselete de Linares, con una interesante mediación sobre la media voz en los tangos extremeños –¿por qué?–, y logrando momentos suntuosos en los estilos de La Carlotita que heredamos de Gabriel Moreno, con la eficacia, además, de que no pasó apuro alguno en el registro agudo, nada tensionado y sobrado de brillantez.
Segura en el potencial canoro encontramos a Paqui Corpas, de Colmenar, que introdujo la soleá de Juan Breva como previo al polo, pero explorando con buen criterio las melodías constructivas, así como a El Boquerón, de Sevilla, que lució sus credenciales por seguiriyas desde el eje Jerez-Cádiz, luciéndolas en forma con un lustroso sonido, pero sólo de aceptable empaste en las resoluciones, lo que le hicimos de menos que se asentara en la ligazón y resonancia de Triana.
Al final se cerró con un fin de fiesta que ya nos sobraba, pues creemos que la propuesta no será recordada como uno de los acontecimientos de las últimas temporadas, ni tampoco pasará con especial relevancia a los anales históricos de la Bienal de Flamenco, a pesar de haber reunido a un elenco de cantaores sobrados de madurez, todos secundados por tres guitarras de capacidad incuestionable, en el que, no obstante, echamos en falta tanto un programa ceñido a la tipología local como la lozanía del poderío ejecutor, tan imprescindible para lograr nota de rango en eventos de este calibre.
En cualquier caso, el mapa de propósitos quedó insatisfecho y antipedagógico al situarse sobre la geografía del flamenco, un hecho cultural vinculado a las tierras flamencas excepto a Lebrija, gestado en un geo-sistema llamado Andalucía, en la que de manera constante se ha producido un intercambio de flujos, y donde la diversidad y el mestizaje se dan, aunque no en toda Andalucía con la misma intensidad, la misma cadencia melódica o el mismo lenguaje expresivo.
Ficha artística
Andalucía en el tiempo
Noche única. XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla
Muelle de la Sal
19 de septiembre de 2026
Cante: El Boquerón (Sevilla), Carmen de la Jara (Cádiz), Curro Lucena (Córdoba), Jaime el Parrón (Granada), Joselete de Linares (Linares), José Sorroche (Almería), Paqui Corpas (Colmenar), El Pecas (Huelva) y Romerito de Jerez (Jerez de la Frontera).
Guitarras: Eduardo Rebollar, Antonio Carrión y Romerito Hijo
Palmas: Antonio Amaya alias Petete y Emilio Castañeda
Dirección Técnica: Manuel Meñaca.
Dirección: Manuel Curao


















