Hoy en #DesdeDentro os voy a contar cómo fue la fiesta que la Peña Buena Gente preparó para recibir a Alonso Núñez Fernández, Rancapino Chico, en su trigésimo aniversario como profesional. El cantaor chiclanero se remonta en su debut a 1996, año en el que se aventuraba a advertir unas esperanzadoras y talentosas características para el cante. Los programas televisivos Veo-Veo o Senderos de Gloria fueron testigos de esos primeros pasos que claramente sirvieron para sentar las bases de una prometedora carrera.
A las diez de la noche daba comienzo la velada. Antes de las nueve se agolparon numerosos aficionados en la puerta de la entidad del barrio de San Mateo, que comprobó la expectación causada cuando a las diez menos algo el seguridad de la puerta tuvo que prohibir la entrada a todo el que quedó fuera por completar el aforo. Alonsito, como le decimos entre amigos, es querido en Jerez desde su juventud y en los últimos años ha ofrecido sonadas apariciones como en el Tío Pepe Festival. Cada vez que comparece lo hace de forma cercana, amigable, con esos códigos gitanos bañados de age, y por su nivel como cantaor. Es una figura del momento, partamos de esa base.
Entre los cientos de asistentes, mucha juventud. ¡El flamenco más esencial gusta! Y que nadie me venga a decir lo contrario. La parte opuesta, pero más que necesaria, la presencia de ilustres como María Vargas, “maestra del cante”, como la llamó Rancapino, Angelita Gómez, Manuela Carpio, Juan Parra, Ana María López… y otros artistas como Manuel Jero y María Jesús Bernal, de quienes comentaré algo en las últimas líneas.
«Lo mejor de Alonso Núñez Fernández ‘Rancapino Chico’ es que sigue siendo joven y eso significa que el flamenco estará bien resguardado con metales como el suyo otros treinta años más»

El cantaor se subió al escenario como cuando se torea en Sevilla, con un silencio atronador a veces incómodo. Esperando el primer ole para respirar. La soleá le sirvió para “templarme”, buscándose entre el sonido técnico que no acababa de encontrar. Por alegrías se le notó más suelto y el público notó el agua salinera de La Barrosa en sus pies. Cerró el primer capítulo por tientos, con esa parsimonia desmedida que exige la atención de guitarra y palmas. Antonio Higuero tuvo una de las mejores noches de su vida, y si no es así, yo al menos lo disfruté como tal. Supo mantener en todo momento el ritmo, la tensión, el remate. Las palmas fueron las de Edu Gómez y El Pijote, sin un fallo.
El respetable necesitaba algo más, la segunda parte debía aportar otras sensaciones. Se le entregó una placa para recordar la señalada efeméride. Alonso, curtido en mil recitales, imprimó un eco punzante en las bulerías al golpe y… “ahora sí”. El sonido parecía haber dado con lo que necesitaba Alonso, escucharse de la manera más fehaciente. Al acabar hablé con él y me lo reconoció, y con su característica humildad añadió que “no siempre nos coge igual”. Su sonrisa acapara las miradas, es querido por todos. Siguió por malagueñas, con unos bajos de alta factura, con un gusto exquisito, con un silencio atento y agradecido. ¡Ahí duele! Tangos, con letras de Paco Cepero que popularizó Juanito Villar, entre otros de su propia casa, bulerías en las construyó un templo en honor a Pansequito, Camarón y con letras como Quien maneja mi barca o La llorona. La gente quería más, les pedían otra y él regaló fandangos para salir por la puerta grande de esta celebración tan especial que lo llevará por “grandes proyectos” para este año, según me comentó. Lo mejor de Alonso es que sigue siendo joven y eso significa que el flamenco estará bien resguardado con metales como el suyo otros treinta años más.
La fiesta continuó luego, entre aficionados y amigos espectadores, con la participación de Manuel Jero y María Jesús Bernal, quienes se entonaron por bulerías para hacer de la jornada aún más exquisita. María Jesús no había cantado nunca en Jerez, la de La Puebla de Cazalla merece la atención que su personal eco nos ofrece. ¡Que sea por muchas veces más! ♦







