Cruzar la puerta de uno de los templos del flamenco madrileño ya es, de por sí, una experiencia digna de narrarse, más aún si se viene a evocar el recuerdo de José Menese en un lugar que forma indisoluble de la memoria viva del flamenco. Se puede discutir o no si Madrid es la capital del flamenco –como mercado y escenario, hoy en día lo es–, pero nadie puede dudar que ha sido una de las ciudades fundamentales de la historia del género. Y en la época en que Menese andaba por allí, sin duda lo fue.
Hay grandes historias que empiezan con circunstancias que a priori parecen desgraciadas y luego resultan providenciales. En San José de la Rinconada, el guitarrista Pedro Peña no pudo acudir a un festival con siete cantaores, y al tocaor local Antonio Carrión le tocó acompañarlos a todos con solo veinte añitos. José Menese cerraba el cartel y le pidió que esperara con hielo entre las manos mientras él cantaba. Después lo llamó. No habían ensayado ni acordado el tono, pero Antonio se sabía de memoria todo lo que José cantaba. Todo encajó y más de treinta años de escenario y vida compartida arrancaron en aquella «afortunada» ausencia.
Esta historia salió de una de las primeras preguntas de Elvira López Hidalgo, presentadora del coloquio en el Corral de la Morería. Un cante inédito aportado por Juan Diego y las imágenes de Menese, la película de Remedios Málvarez, habían abierto el encuentro. Y la fecha tenía una segunda vuelta: el Círculo Flamenco de Madrid cumplía trece años y su primer concierto fue precisamente con Menese y Carrión. No era solo volver a una voz ausente. Era regresar al punto donde empezó también la casa común de muchos aficionados de Madrid.
Si la guitarra fue la puerta de entrada, la familia y la casa «Menese» fueron su hogar. Carrión contó que tenía veintidós años cuando los Menese lo acogieron «como un hijo más». Si José actuaba en Madrid, él llegaba un par de días antes para escuchar, ensayar y estar con los suyos. Encarna también le aconsejaba, los hijos de la familia eran para él hermanos. Por eso, cuando habla de José, no enumera solo música y escenarios: «Fue mi padre, fue mi amigo, fue mi hermano, fue mi compadre».
Elvira llevó entonces la conversación hacia Encarna Gil y la vida que pudo vivir en Madrid. Encarna llegó con veinte años y sin saber apenas de flamenco. La cercanía de su hermano, casado con la hermana de Francisco Moreno Galván, la acercó a un mundo que no era el suyo: fines de semana compartidos, reuniones, artistas e intelectuales en torno a José y Francisco. No encontró la manera de domar aquella vida: «Eran dos caballos desbocados», dijo de ellos. Pero sí encontró el modo de quedarse, aprender y hacer suyo aquel universo. La muerte de Moreno Galván abrió una herida profunda en Menese. Según recordó, él pensó en dejar de grabar y toda la familia lo animó para que siguiera.
«Moreno Galván escribía las letras desde la vida de Menese y las ajustaba al cante, a su compás y a su respiración. No eran versos que el cantaor debía vestir a posteriori: nacían ya preparados para ser cantados por él, porque Francisco sabía de cante como un cantaor aunque no cantase encima de un escenario. Así pudieron mover los cimientos desde dentro del clasicismo, sin darle la espalda»

En ese relato, Madrid deja de ser un telón de fondo. Se vuelve cruce de caminos. Juan Diego Martín Cabeza, sobrino nieto de Moreno Galván, evocó una ciudad donde coincidían flamencos llegados de distintos lugares y donde el cante compartía aire con el cine, la literatura y la pintura. La casa de Francisco, con sus puertas abiertas, los estudios y los tablaos componían una misma trama. Allí no se iba solo a actuar. Se escuchaba, se enseñaba, se aprendía y se vivía. Los artistas convivían y se alimentaban unos de otros. Cuesta entender el encuentro entre Menese y Moreno Galván sin ese Madrid abierto, hecho de conversaciones y fiestas que seguían después del último cante.
La alianza de ambos tuvo algo de mezcla improbable y, sin embargo, exacta. Moreno Galván escribía las letras desde la vida de Menese y las ajustaba al cante, a su compás y a su respiración. No eran versos que el cantaor debía vestir a posteriori: nacían ya preparados para ser cantados por él, porque Francisco sabía de cante como un cantaor aunque no cantase encima de un escenario. Así pudieron mover los cimientos desde dentro del clasicismo, sin darle la espalda. El cante seguía reconociéndose; lo que cambiaba era aquello que se atrevía a decir. No era lo mismo cuando Francisco componía letras para Miguel Vargas, rondando más lo amoroso. Las letras para Pepe eran pura rebelión y furia.
Juan Diego recordó que una letra puede volver de pronto con una actualidad inesperada: «Muchas de sus letras tienen más sentido hoy que hace cuarenta años». Ahí está una de las razones por las que Menese todavía puede hablar a los aficionados jóvenes. En sus letras reconocemos la rebeldía, la negativa a conformarse y la decisión de cantar lo que se está viviendo. No como una consigna, sino como experiencia hecha voz.
También permanece el riesgo del escenario. En la mesa se recordó el silencio de La Puebla en su festival, casi un juicio, y la manera en que cada actuación podía cambiar según la noche. Menese no repetía una fórmula: se abría entero ante el público, nunca había impostura, siempre verdá. Carrión conoció de cerca esa entrega, dentro y fuera del tablao. Y cuando al final tomó la guitarra para tocar por seguiriya, la conversación encontró su forma más natural de despedirse. No con una conclusión, sino con el cante todavía abierto y la ausencia de una voz que por suerte podemos seguir evocando en su magnífica discografía.
Ficha artística
Una década sin José Menese (Coloquio)
Corral de la Morería, Madrid
Organiza: Círculo Flamenco de Madrid
24 de octubre de 2026
Encarna Gil, Antonio Carrión, Juan Diego Martín Cabeza y Elvira López Hidalgo












