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Los Magos de Malasaña – Las Cozas (XVIII)

Los Magos fueron una universidad de flamencura, solo tengo buenos recuerdos y echo de menos aquellos miércoles.

Faustino Núñez por Faustino Núñez
3 julio 2025
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Los Magos

Los Magos

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Cuando regresé a Madrid, de Viena y Cuba, en total diez años fuera de España, estaba totalmente desconectado de mi país, excepto la familia y el paraíso galego, donde vivo ahora. Pero, en verdad, no había nada que me conectase a la música española. Mis amigos de los setenta, en sus vidas. Las amigas, un cuarto de lo mismo. Solo mi primer trabajo, director de Deutsche Grammophon en la discográfica Universal (entonces PolyGram), me permitía tener contacto con el mundillo de la llamada música clásica, una élite un tanto ñoña y engreída que nada tenía que ver con mi relación digamos proletaria con la vida musical de la capital austriaca. Estaba ya muy inclinado al flamenco y me disponía a estudiarlo desde la musicología, que entonces estaba, no en pañales, sino en la incubadora. No me perdía un concierto en el Johnny (C.M. San Juan Evangelista) o en Casa Patas, cuyo encargado, Rufo, era paisano y me colaba a diario para escuchar a Chano, a Agujetas, Paco Valdepeñas. Antonio Benamargo era el programador y el disfrute fue máximo. En esos ambientes siempre veía a una pareja que a mi parecer eran los que partían el bacalao: el bachiller Gamboa y el hidalgo Juan Verdú. Y quise acercarme a ellos.

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Al principio no fue fácil, eran bastante inaccesibles y un musicólogo gallego recién llegado de Viena les debía parecer poco menos que un intruso oportunista. Pero, gracias al cielo conocí por entonces a Morente, como ya he relatado en esta tribuna, y entrar en el Candela con el genial granadino facilitaba la cosa. Poco a poco el siempre añorado Miguel me dejaba bajar a la cueva y disfrutar de las fiestas que allí se daban. Una gozada inolvidable. Allí escuché a Camarón, a Gerardo Núñez, a Enrique y Pepe Habichuela, a los Ketama, allí conocí al gran Joaquín Grilo. A Paco, que me reconoció de nuestros encuentros en la vienesa Bodega Manchega. Poco a poco me iba introduciendo en aquel ambiente nocturno, hasta que, dada mi insistencia a unirme al grupo, un buen día Gamboa me citó en La Rosa, un bar de la Plaza del Dos de Mayo, y ya no me separé de ellos. Eran la Orquesta Nacional de Malasaña. El capitán, Gamboa, su mujer Marisé, Juan Verdú, Carlos Herrero, Nicolás Dueñas, Cristóbal Montes, Salva Del Real, Juanmi Cobos, Pedro Calvo, y por supuesto Isabel y nuestro recordado Vicente, Enrique y Pepe, y los niños: Estrella, Pitingo, Arcángel. El grupo, la gente, se movía allí donde trabajaba Vicente El Piños, hasta que por fin acabamos en un garito de la calle Velarde, en Malasaña, El Mago.

 

«Por ejemplo, cuando comparé los servicios mínimos de la huelga general con el tamaño de los servicios del Mago, donde apenas cabía una persona, o la letra que hice dedicada al chapapote que me contaron que se coreaba en las fiestas del PCE. Lo pasábamos de cine. Era un ritual y yo no faltaba un miércoles a la cita»

 

En El Mago estuvimos varios años, donde aprendí a irme a la francesa. Al principio, antes de pirarme me despedía uno a uno de los presentes, hasta que me di cuenta de que la gente se iba sin decir nada. ¿Y Fulanito? Se fue. Una lección que he cultivado desde aquellas largas noches con los magos, que así empezaban a llamarnos. Cuando llegaba Morente, al verme siempre me decía: ¡No te vayas! ¿Cómo me voy a ir, Enrique?, pensaba yo. Escuchar al maestro con la guitarra de Gamboa, de Pepe si estaba, era un ritual, lo único que, Enrique, hasta que no se iba casi todo el mundo no empezaba a cantar y te podían dar las claritas del día. Ahora bien, los recitales que nos regaló me los llevo para siempre.

Yo era ya un jartible del carnaval de Cádiz, y me sabía todos los cuplés del Selu, Yuyu y Juan Carlos Aragón. Y en aquellas veladas siempre había un momento para mí. Cogía la guitarra y se desternillaban con el ingenio gaditano. Pero empecé a escribir mis cuplés y pasodobles dedicados al personal, y aquella costumbre duró también unos años. Todos los miércoles, que era el día en que nos reuníamos, llevaba un par de hojas, escritas antes de salir de casa, y cantaba, leyendo, aquellas ocurrencias de actualidad. Por ejemplo, cuando comparé los servicios mínimos de la huelga general con el tamaño de los servicios del Mago, donde apenas cabía una persona, o la letra que hice dedicada al chapapote que me contaron que se coreaba en las fiestas del PCE. Lo pasábamos de cine. Era un ritual y yo no faltaba un miércoles a la cita. Allí aprendí un montón sobre cómo se acompaña con la guitarra el cante, con el método prueba-error que me ponía Gamboa.

 

Vicente y Gamboa. Foto: Paco Manzano
Vicente y Gamboa. Foto: Paco Manzano

 

Un día fuimos al estudio Musigrama a grabar el primero de los dos discos de la Orquesta Nacional de Malasaña, con el repertorio que hacíamos allí: El blues de Sitting Bull, los Fandangos de Isabel de los Hermanos Reyes, El Burrito de Marisé… En el segundo disco ya hicimos dos números para el centenario del Atleti de Madrid (Los Magos éramos del Atleti, yo del Celta, pero había que disimular). Sobre la base de las Corraleras de Lebrija de Isidro Muñoz para la película de Saura, escribí Las Sevillanas Colchoneras, y las grabamos, aunque, por lo difícil de ejecutar, tuve que meter yo la voz y el coro (al que se unieron Juan Luis Cano y Salomé Pavón) que metían los uyyyyyy, y otros jaleos. También grabamos los tanguillos colchoneros de Nicolás Dueñas, nuestro querido Nico que se nos fue en 2019, con Carlitos anunciando: ¡De chapa no estamos bien, “poro” de motooorrr!

 

«Me fui a vivir a Cádiz y empecé a darme cuenta de la animadversión general que existía en Andalucía hacia los flamencos de Madrid. Nunca entenderé el porqué, habida cuenta que el “Madrid Flamenco” era esencialmente andaluz»

 

El Mago original lo cerraron, y fuimos a parar a otro bar en Velarde esquina al Dos de Mayo, la Vaca Austera. Y de allí nos fuimos a La Ferroviaria, la taberna de Paco Carvajal, que tenía una cueva espectacular. Se había corrido la voz y lo que allí se juntaba no era normal. No cabía un alma. Pitingo, que era un chaval, me pedia que saliera a Bravo Murillo con él porque no le paraban los taxis, el poretico.

Los Magos fueron una universidad de flamencura, solo tengo buenos recuerdos y echo de menos aquellos miércoles. La cosa se dispersó y, aunque siguió unos años yendo de un local a otro, Fun House, El Barco, Me Encanta. Con el fallecimiento de Vicente, que al fin y al cabo era el alma mater del grupo, se acabaron los Magos.

Después me fui a vivir a Cádiz y empecé a darme cuenta de la animadversión general que existía en Andalucía hacia los flamencos de Madrid. Nunca entenderé el porqué, habida cuenta que el “Madrid Flamenco”, además del nombre de un gran programa de radio, era esencialmente andaluz. Las cozas.

 

Faustino Núñez

Faustino Núñez

Faustino Núñez (Vigo 1961) es musicólogo. Licenciado y master en musicología por la Universidad de Viena, ha impartido cursos y seminarios por todo el mundo. Violonchelista y guitarrista, ha sido director musical de la Compañía Antonio Gades y presidente de su Fundación. En los años noventa fue director del sello Deutsche Grammophon. Autor de numerosos libros didácticos y de carácter científico sobre flamenco, música española y música clásica. Es autor de la la página web www.flamencopolis.com. Productor discográfico y profesor del Aula de Flamencología de la Universidad de Cádiz, del Master de la Escuela Superior de Música de Cataluña y hasta septiembre de 2017 ha sido Catedrático de flamenco del Conservatorio Superior de Música de Córdoba. Actualmente reside en su ciudad natal donde continua su labor como profesor y conferenciante.

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