Un aplauso eterno no lo dejaba apearse del escenario. La feligresía jonda del templo del flamenco sevillano quedó doblegada ante la evidencia del pellizco gordo. El bailaor alcalareño Javier Barón embelesó la Peña Flamenca Torres Macarena, que aún vive estremecía el salpicón de flamencura de los pies del maestro. Y de sus manos, que dibujaron poesía en el aire naquelando con su braceo elegante los códigos del baile de Sevilla en las hechuras del hombre.
Un bordón afinao ¿en re? le dio espesura a los aires seguiriyeros de la guitarra de Salvador Gutiérrez, que abrió con un solo para romper el silencio. Acompañó al cante y al baile como requiere el asunto, dejando entrever la supremacía de su personalidad musical creadora sobre la pulcritud, sin salirse de los cánones ortodoxos que aporta el clasicismo tradicional.
Se hizo el cante arromerao principiando las alegrías, sin que se olvidaran de Pinini y Lebrija. El Galli derramó dulzura y alfileritos hirientes y Moi de Morón dio crema en la contención de las mecías, sabios y acompasaos. El taranto atravesó de solemnidad a Barón, que se adueñó de los maderos y las miradas del respetable arrancando los primeros oles. Pero si bien lució por Levante, el remate fue el colmo de la distinción. Javier bailó pa reventá, desbaratándonos las carnes a jirones con cada uno de los meneos de cintura que endiñó al bamboleo por tangos.
«Barón paró el tiempo con los paseos, desplantes sin ostentaciones y los silencios del baile, que dijeron más que puñaítos de palabras. (…) El baile lo tiene atrapao y cuando desata el compás no hay quien le haga sombra en arte y naturalidad, en age y zalamería»
La malagueña fue seda en las gargantas enduendás de David y Moi, que a golpes suaves y caricias sentías llegaron a los abandolaos. Relució Triana cuando nació la soleá con bulería en los gañotes adoquinaos y Barón paró el tiempo con los paseos, desplantes sin ostentaciones y los silencios del baile, que dijeron más que puñaítos de palabras. Jugó con las esperas, las llamadas ralentizás, el contrapunto y la sorpresa, cuajao de técnica, recursos y espontaneidad. El baile lo tiene atrapao y cuando desata el compás no hay quien le haga sombra en arte y naturalidad, en age y zalamería.
Barón ya viene de vuelta. Y lo hace preñao de la sabiduría del menos es más. No pegó ni un zapatazo. Ni falta que hizo. Sabe por dónde se llega al alma y camina por la verea pasito a paso hasta que te abduce y enamora. Conoce los caminos que pisa el duende y lo torea con cada quiebro, con el gesto y sus personalísimas figuras. Tiene unos pies tremendamente precisos y definidos. Y unos brazos que conversan con el aire en el idioma universal del sentimiento. Hace con sus manos lo que le da la gana. Y se le entiende. Parafrasea el cante y el toque, se acompañan mutuamente, los ratifica y reafirma en una alegoría de prestidigitador de las cosquillas. Te hipnotiza con enjundia. Se agarra la chaqueta y se contonea, te engaña en los cierres, entra y sale de los tiempos porque conoce el paño y no se complica en los desplantes, en los que se divierte aliviando la tensión de los remates, descargándolos con gracia en las flores de sus muñecas y no en taconazos efectistas. Te revuelca. Te destroza sin desfigurarse siquiera. Y cuando saca el pañuelo perfuma el viento de empaque y jondura con la gracia que la divinidad o la inspiración de los flamencos dota a los que tienen la suerte y el talento de transmitir y emocionar con el cuerpo el repeluco inefable que no puede contar mi boca.
Barón bailó pa arañarse el pecho, para tatuarse su nombre en las venas, con elegancia, tacto, gusto y paladar. ¡A sus pies, maestro!
Ficha artística
Recital de baile de Javier Barón
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
2 de abril de 2025
Baile: Javier Barón
Cante: David El Galli y Moi de Morón
Guitarra: Salvador Gutiérrez