La decimosexta edición del Festival Flamenco de Stuttgart tuvo un colofón de cine: la proyección de Rojo clavel, el documental de la cineasta catalana Roser Corella sobre Manuel Liñán, a quien acompañó en el proceso de creación del aclamado espectáculo Muerta de amor. En la proyección en el Produktionszentrum Tanz estuvieron presentes tanto Liñán como Corella, quienes mantuvieron un animado coloquio con el público.
“Yo no vengo del mundo del flamenco”, reconoce Corella a ExpoFlamenco. “Fue un amigo mío quien vio el espectáculo ¡Viva! y me dijo: ‘He visto el espectáculo y tienes que hacer un documental sobre este artista’. Mi primera reacción fue pensar que quizá no era la persona adecuada, porque no tenía ni idea de este tema. Pero me dio curiosidad, empecé a buscar información, lo contacté y quedé con él. Pensé que era una persona muy honesta; además, estaba muy abierto a hacer el documental. Me dijo: ‘Voy a empezar un nuevo espectáculo y sería bonito que siguieras el proceso creativo’. Ese espectáculo era Muerta de amor. Desde el primer encuentro empecé a grabar y la verdad es que ha sido un lujo. Cuando haces documentales, muchas veces la mayor dificultad es conseguir acceso a las personas, y Manuel ha sido muy generoso a la hora de contarme su vida y compartir cosas muy personales, que además están muy ligadas a su obra. Ha sido un auténtico privilegio”.
Hasta ese momento, Corella había dirigido filmes muy distintos a Rojo clavel, como Fragments of home, Room without a view, Grab and run o Prisioners of Kanun. Pero conforme iba avanzando en el proyecto, se dio cuenta de que sí había conexiones entre ellos. “Hay un tema que siempre me ha interesado mucho, aunque me vaya a la otra punta del mundo, a Kirguistán o donde sea: el género. Cómo se percibe en cada sociedad y cuál es el papel de cada persona dentro de ella. Al final, con Manuel sucede lo mismo. Es el mismo tema contado desde el arte y la danza. Habla de cómo una persona trabaja y lucha por ser reconocida y aceptada en muchos niveles: por la sociedad, por su público, por su familia, por su entorno. Y, al final, ocurre lo mismo que en otros lugares del mundo. Somos mucho más parecidos de lo que pensamos. Somos seres humanos buscando nuestro sitio. Todo el mundo quiere ser aceptado y querido, que es precisamente de lo que habla Manuel. El amor es ese pilar que todos buscamos para encontrar nuestro lugar en la sociedad”.
Sobre el modo en que el documental se asoma a la intimidad de Liñán, y los posibles límites que el pudor impone, la directora agradece sobre todo “la generosidad que ha tenido Manuel. Estos procesos siempre son compartidos, aunque cada uno desempeña un papel distinto. Yo empujo para que la persona cuente su historia, pero es ella quien pone los límites. Siempre me acerco a la gente con mucho respeto y procuro no traspasar nunca la línea que cada uno marca. En este caso, como la obra de Manuel está tan unida a su vida personal, él ha aprendido a hablar de esas cuestiones a través del arte, y creo que ahí reside buena parte de su fuerza y de su capacidad para conectar con el público. Al final te das cuenta de que los temas de Manuel son, en realidad, los temas de todos. Es verdad que verse reflejado en un documental da cierto pudor; él siempre dice que le da vergüenza verse en pantalla. Pero también ha sido un proceso muy bonito para los dos”.
«Manuel Liñán es un artista impresionante y siento una enorme admiración por ese mundo. También lo envidio un poco, porque yo no he crecido conectada con la danza. Ojalá en otra vida alguien me hubiera dicho desde pequeña: ‘Venga, baila’»

Lo que es evidente es que Rojo clavel tenía vocación de abrir un debate en la sociedad. “Yo creo que el documental es una herramienta más para hablar de temas de los que merece la pena hablar, y cada uno lo hace desde su propio lenguaje. Manuel lo hace bailando; yo lo hago a través de los documentales. Creo que cada uno busca su manera de comunicar. A mí me encanta cuando un trabajo puede llegar, aunque sea a un público pequeño, y contribuir a abrir camino. Al final siempre se aprende. Conocer la vida de los demás funciona como un espejo”.
¿Y qué ha aprendido Corella en ese proceso? “A mí mi trabajo siempre me enriquece. Siempre digo que la cámara es una excusa maravillosa para entrar en la vida de la gente. Me encanta observar y aprender. A nivel humano siempre hay algo que te llevas cuando acompañas el proceso de otra persona. De alguna manera, también tú creces. Es algo muy bonito y, precisamente por eso, me apasiona hacer documentales”.
También se ha hecho, al menos un poquito, flamenca. “Sí, me ha abierto un mundo completamente nuevo. Como te decía, yo no tenía ni idea de flamenco. Había nacido y crecido en Barcelona y, para mí, era algo bastante lejano, una cultura que sentía un poco ajena. Ahora lo admiro muchísimo. Ver bailar a alguien que lleva toda una vida dedicado a ello me parece extraordinario. Manuel es un artista impresionante y siento una enorme admiración por ese mundo. También lo envidio un poco, porque yo no he crecido conectada con la danza. Ojalá en otra vida alguien me hubiera dicho desde pequeña: ‘Venga, baila’. Ahora ya creo que llego un poco tarde”.
En cuanto a Liñán, Corella asegura que “para mí era muy importante que él se sintiera cómodo con el documental. Cuando trabajas con alguien que comparte aspectos tan personales de su vida, tienes una gran responsabilidad. Una cosa es todo lo que se graba y otra muy distinta lo que finalmente decides incluir en la película. Ahí hay que tener mucho cuidado y mucho respeto. Le pregunté si estaba contento con el resultado y me dijo que sí. Para mí eso era fundamental”. ♦















