Barcelonesa de 1986, Carla Simón es conocida como directora de filmes tan celebrados como Verano 1993, Alcarrás o Romería, que le han valido premios como el Oso de Oro del Festival de Berlín, el Goya a la Mejor dirección novel o el Premio Nacional de Cinematografía. En el pasado Festival de Cannes presentó Flamenco, un cortometraje protagonizado por la bailaora Rocío Molina junto con Niño de Elche, Dolores Agujeta, Carmela Greco y Ángeles Toledano, que antecede a un proyecto de mayor alcance. De todo ello ha querido conversar con ExpoFlamenco.
“Todo empezó con una sugerencia de Óscar Romagosa, el productor”, recuerda. Básicamente me comentó que existía un concurso del ICEX que era una convocatoria muy libre, y me preguntó si me apetecía presentar algo. Había tres líneas: moda, diseño y música. Me pareció que tenía sentido escoger la de música porque ahora mismo estoy preparando un musical flamenco para un largometraje. Era también una forma de explorar ideas. Así que escribí un cortometraje que hablaba sobre esa tensión que existe en el flamenco entre la tradición y el cambio, un tema que a mí me fascina”.
Una vez concedido el proyecto, lo complicado fue encajar las agendas. “Más allá del tiempo que teníamos —nos lo adjudicaron en enero y lo presentamos en mayo, así que tampoco era tan poco—, lo difícil fue coordinar a Rocío Molina, que estaba inmersa en su gira, al Niño de Elche, que siempre tiene mil proyectos a la vez, y al resto del equipo. Al final terminamos rodando apenas dos semanas antes de la entrega, así que tuvimos que hacer una posproducción muy exprés. Pero salió todo adelante”.
Por otro lado, la directora se confiesa “muy nueva” en la afición flamenca. “Tengo la sensación de que lo estoy descubriendo todo por primera vez, también porque estoy preparando la película. Sí es verdad que mi padre nos ponía flamenco en casa. Él es músico, venía más del jazz, pero escuchábamos muchísima música y también flamenco. Después descubrí a Lole y Manuel a través de una carta de mi madre. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña y muchas cosas sobre ella las he conocido gracias a sus cartas. Para mí fue un descubrimiento enorme encontrar a Lole y Manuel de esa manera. Es una herencia muy bonita. A partir de ahí empecé a tirar del hilo, aunque entonces era solo una curiosidad. Más tarde comencé a reflexionar sobre cómo el cine y el flamenco han dialogado a lo largo del tiempo”.
«Rocío Molina tiene algo muy salvaje y muy genuino. No sé muy bien cómo explicarlo. Tiene una personalidad enorme y no responde al perfil más convencional de bailaora, y eso a mí me encanta. Además, posee un magnetismo muy fuerte delante de la cámara. Para mí representaba exactamente lo que buscábamos, porque la película habla de esa tensión entre lo contemporáneo y lo puro, entre comillas»

“Hay algo del flamenco que me interesa muchísimo: la forma en que expresa la emoción”, agrega Simón. “Siento que te atraviesa profundamente; al menos, a mí me emociona muchísimo. Y como el cine también habla de emociones, creo que por eso el flamenco se ha filmado tanto. Prácticamente desde que nació. Sentí que era bonito recuperar esa tradición cinematográfica ligada al flamenco que ha existido en España. Al principio muchas veces se filmaba desde una mirada exterior, pero hubo una época en la que casi existía un género cinematográfico flamenco, muy vinculado también a la dictadura. Después llegó gente como Carlos Saura y transformó esa relación en algo distinto y mucho más moderno. Creo que esa relación entre el cine y el flamenco todavía tiene mucha historia por delante. Muchas veces se aborda desde el documental, pero pienso que también hay mucho espacio para la ficción. Y, en parte, por eso estamos ahora trabajando en la película”.
Pregunta. De la película me tendrás que adelantar algo luego, cuando terminemos de grabar. Pero antes quería preguntarte por la elección de Rocío Molina. Más allá de que es una número uno, ¿qué te atraía de ella como directora? Imagino que no solo su baile, sino también su presencia, lo que podía aportar a la pantalla.
En cuanto a la elección de Rocío Molina para el papel principal, comenta que “tiene algo muy salvaje y muy genuino. No sé muy bien cómo explicarlo. Tiene una personalidad enorme y no responde al perfil más convencional de bailaora, y eso a mí me encanta. Además, posee un magnetismo muy fuerte delante de la cámara. Esa fuerza que transmite cuando baila también la captura la cámara. Para mí representaba exactamente lo que buscábamos, porque la película habla de esa tensión entre lo contemporáneo y lo «puro», entre comillas. Rocío ha aportado muchísimo a la idea de qué significa hoy el flamenco contemporáneo y toda su investigación artística va en esa dirección. En ese sentido era la persona ideal porque encarnaba todo aquello de lo que hablaba el cortometraje. Y la verdad es que fue muy bonito trabajar con ella porque nos entendimos muy fácilmente. Cuando pones en relación a artistas distintos, las cosas tienen que encajar. Y, en este caso, fue un proceso muy orgánico”.
“Rocío, en sus espectáculos, no solo baila: también actúa. Y creo que lo hace desde un lugar muy auténtico, que le nace de dentro”, prosigue Carla Simón. “Es verdad que al principio la cámara le imponía un poco, porque cuando no estás acostumbrada a tener una delante siempre resulta extraño. Pero se entregaba exactamente igual que en sus espectáculos. Y cuando alguien tiene esa capacidad de entrega, ya tienes casi todo el camino recorrido”.
Según la directora, “Rocío se ocupó de su propia coreografía, pero además contamos con Florencia Oz, que es una bailaora extraordinaria, y con Juan Kruz, que además de bailarín ha trabajado mucho en el ámbito de la dramaturgia. Al final tuvimos que hacer un auténtico encaje de bolillos, también por las agendas, que era una de las grandes complicaciones del proyecto. Flor y Juan se encargaron sobre todo del trabajo con el grupo, siempre bajo la supervisión de Rocío. Juan también estuvo muy pendiente de ayudar a Rocío en las escenas que compartía con Carmela Greco, que interpreta a la madre. Fue un trabajo muy colectivo, con mucha gente implicada para que todo estuviera en su sitio”.
«Al principio sí sentía un poco el síndrome de la impostora, porque entras en un terreno que no conoces. Pero poco a poco te das cuenta de que, cuando te acercas con respeto y con una mirada fresca, también pueden surgir cosas interesantes. Y en eso estamos ahora, intentando ver qué podemos aportar»

Sobre el proyecto de largometraje, solo puede adelantar que “tendrá algunos puntos en común, pero todavía estamos definiéndolo. Estamos en pleno proceso de escritura y creo que aún tardaremos un poco en poder contar cosas. Ahora mismo estoy en un momento muy de esponja, aprendiendo muchísimo sobre flamenco, sobre la relación entre el cine y el flamenco, viendo espectáculos… Poco a poco todo se va concretando. La verdad es que todavía no sabemos ni dónde vamos a rodar, así que hay muchas cosas en el aire y prefiero no adelantar demasiado hasta que el proyecto esté más definido”.
En cuanto a su proceso de exploración del flamenco, concluye asegurando que “como soy nueva en este mundo, todo lo descubro por primera vez. Por ejemplo, hasta hace muy poco no había visto bailar a Israel Galván. Lo vi hace unos días y sales prácticamente transformada después de una experiencia así. También estoy conociendo a mucha gente que sabe muchísimo y que nos está ayudando. Tengo mucho contacto con Pedro G. Romero, por ejemplo, que comparte continuamente referencias e historias sobre el flamenco. Y también, como catalana, me ha despertado mucha curiosidad toda la relación histórica entre Cataluña y el flamenco. No sé si acabará teniendo un lugar en la película, pero me interesa entender esa conexión, porque creo que es mucho más profunda de lo que muchas veces imaginamos”.
“Al principio sí sentía un poco el síndrome de la impostora, porque entras en un terreno que no conoces”, apostilla. “Pero poco a poco te das cuenta de que, cuando te acercas con respeto y con una mirada fresca, también pueden surgir cosas interesantes. Y en eso estamos ahora, intentando ver qué podemos aportar». ♦



















































































