Llevamos décadas escuchando calificativos que se refieren a la calidad esencial de los cantes –que si cante grande, cante chico, incluso intermedio–, cuando, desde hace tiempo, es bien sabido que grandes, chicos, e incluso ineptos para la cosa jonda son en realidad los artistas, nunca los estilos musicales. La música, como hemos apuntado en esta tribuna en varias ocasiones, para el pedagogo japonés Shinichi Suzuki es una destreza. Quiso decir que el músico no nace, el músico se hace. Sin embargo, el talento innato es cosa de lo divino; se cuentan con los dedos de una mano aquellos que están tocados al nacer por el dedo divino: tú, José, Paco, Enrique, Tomás, Pastora, geniales todos. Y todos ellos supieron aprovechar su talento natural hasta que llegaron a ser grandes figuras del flamenco. En general, aunque todos somos hijos de Dios, solo con esfuerzo, tenacidad, sacrifico, y, por supuesto, el imprescindible amor verdadero al arte, se puede superar lo humanamente alcanzable y acercarse, al menos un poco, a la sagrada dicha de convertirse en grandes artistas del cante, el toque y el baile. Es lo que hay. Los pocos tocados por lo divino, aunque no se esfuercen, “cayeron de niños en la marmita de la pócima” y tienen, aun con poco empeño, poderes que resultan inalcanzables para el resto de los mortales. Entre todos forjaron un género de música y baile del todo sublime.
No obstante, en el flamenco imperan de forma muy notable los gustos de la afición. Hay quien escucha con el oído, los hay que lo hacen con el corazón y también los que perciben el arte con la cabeza. La sicología musical, disciplina que, al menos en Viena, ocupaba dos cursos en la carrera de musicología, y que estudia el efecto que produce la música en nuestro cerebro, es muy interesante desde el punto de vista de los gustos. Cada uno nace y crece en un ambiente concreto y, poco a poco, va modelando su propia percepción de lo que escucha, configurando sus gustos en torno a lo aprendido. La manida expresión “para gustos los colores” es muy cierta. Cada uno tiene los suyos y poco tiene que ver con la verdadera calidad artística del intérprete y/o creador de una obra musical. Pero hete aquí que, en el flamenco, los gustos están demasiado radicalizados, hasta el punto de que hay cantaores que son adorados por un grupo amplio de aficionados, pero esos mismos artistas pueden llegar a ser odiados hasta lo indecible por otro sector de la afición. La estética musical del flamenco es complicada de definir. A nadie se le ocurre poner en duda el talento de Beethoven. Y si alguien dice «no me gusta Mozart» está diciendo en voz alta que no tiene ni idea de la obra del genial compositor salzburgués. Sin embargo, en el flamenco ocurre algo muy distinto. Dices «me encanta el Niño de Marchena» y no tardan en surgir detractores que ponen en duda tu capacidad para apreciar el valor de lo autentico. O «muero con Manuel Agujetas» y un coro proclamará sin dudarlo eso de «tú sí que sabes». Personalmente, tengo la dicha de que me pirran los dos, tanto Pepe como Manuel. En ambos encuentro el cante verdad que, al fin y al cabo, de eso se trata.
«Puedes ser hijo del mismísimo Tomás Pavón y ser un negado para la música jonda. Y puedes provenir de una familia de notarios de Cuenca y salir un bailaor de primerísima. Algún día habría que hacer un estudio genealógico, de tres o cuatro generaciones atrás, sobre los grandes maestros del flamenco para darnos cuenta de que en su enorme mayoría no tienen más ascendiente flamenco que el hecho de haberse criado en el contexto idóneo para desarrollar su habilidades y destrezas con el arte»
Otro parámetro que mide la mayor o menor calidad de los estilos lo impone la supuesta geografía del flamenco, que muchos consideran esencial. Todos conocemos gente que solo escucha a artistas de Jerez, y si no son nacidos y criados en la bendita Asta Regia no quieren saber nada más. Solo los artistas de esa tierra ecuestre del vino fino, palo cortao, oloroso y Pedro Ximénez tienen solera suficiente para ofrecernos la flor de lo bueno. También ocurre en Triana, algo en Cádiz y Los Puertos; no así en otras plazas, mas alejadas del meollo jondo. Si Enrique, el payo ronco del Albaicín, hubiera nacido en San Miguel, otro gallo cantaría. Aunque nunca se sabe, porque de ese barrio era el Papa Antonio Chacón y, hasta no hace mucho, era ninguneado por tirios y troyanos. También abundan los gitanistas, aficionados que solo aprecian artistas si son “callos reales”. Personalmente, mis cantaores favoritos, la mayoría son gitanos, pero jamás se me ocurriría ir pidiendo el certificado de pureza de sangre a un artista, por parecerme una aberración puramente racista. Me da igual si su abuela es la tercera tataranieta de Nabucodonosor o proviene de la estirpe de Gracita Morales, me suele traer al pairo quiénes fueron sus padres. La ascendencia, como he dicho antes, juega en el arte un papel muy relativo. Puedes ser hijo del mismísimo Tomás Pavón y ser un negado para la música jonda. Y puedes provenir de una familia de notarios de Cuenca y salir un bailaor de primerísima. Algún día habría que hacer un estudio genealógico, de tres o cuatro generaciones atrás, sobre los grandes maestros del flamenco para darnos cuenta, de una vez por todas, que en su enorme mayoría no tienen más ascendiente flamenco que el hecho de haberse criado en el contexto idóneo para desarrollar su habilidades y destrezas con el arte. En el flamenco se ha insistido demasiadas veces en la importancia de la familia, que, aun siendo importante, no lo es tanto. Es natural que a un fenómeno como a Moraíto Chico le saliera un hijo talentoso como Diego, o que a Rancapino le suceda Alonsito. Pero eso tiene que ver, sobre todo, con la predisposición de esos niños por mamar del talento de sus padres y de la muchas horas de esfuerzo que hay que echar para lograr alcanzar las mieles del éxito.
Está sobrevalorado el ADN flamenco. Aparte del maravilloso disco que con ese título sacó mi Diego Carrasco en 2004, no hay más ácido desoxirribonucleico flamenco que aquel elaborado dejándose la piel verso a verso, perfeccionando el arte de cada uno como Dios le da a entender. Cuántos talentos innatos hay, gente que nace con una especial predisposición para el arte se quedan a la mitad por flojos. ¡Cuánto Juancojones hay en el flamenco! Conozco unos cuantos que tienen un instrumento en la garganta realmente privilegiado, pero no lo quieren desarrollar porque prefieren no perderse un partido del Madrí. Muchos pasan las horitas del día sin coger la guitarra, sin escuchar un cante, sin hacer pies para estar en forma. Aun resuena en mis oídos el comentario del hijo de un grande que hace muchos años me espetó en un restaurante de comida rápida en Barcelona: «Yo no necesito estudiar, Faustino, yo soy hijo de…». Siendo como es el flamenco, como cualquier tipo de música, un arte mayor que exige un duro entrenamiento diario; parecido a la alta competición. Que no es lo mismo torear de salón, muy bonito y elegante, que ponerse delante de un morlaco de seiscientos kilos y jugarse la vida. ♦












