La Bienal de Sevilla no deja de sorprendernos. El espectáculo Hazme con los ojos señas que debían protagonizar Aurora Vargas y Juana Amaya se ha convertido en dos espectáculos independientes, sin conexión alguna, que cada artista llenó con la firme veracidad de un arte que no admite complejos. Dos soberanas del escenario, una en el cante grande que emerge de las entrañas del origen, y la otra en el baile que brota del sentimiento desgarrador de las emociones.
El Teatro Lope de Vega anunció para este viernes el espectáculo Hazme con los ojos señas, en el que intervienen dos artistas de tronío, Aurora Vargas y Juana Amaya. Según el programa publicado en la web oficial de la Bienal, la obra debía ofrecernos a dos mujeres, cómplices en el flamenco, que custodian en sus miradas un mensaje que no pudo darse, puesto que no coincidieron en el escenario. Nos perdimos “una comunicación sin palabras, hecha de complicidad, de códigos ancestrales, de instinto y de duende”. A cambio, tuvimos dos partes de una obra que quedaron divididas con la bajada del telón, el encendido de las luces y un descanso que nadie anunció.
Primera parte: Juana Amaya
Suena la obertura flamenquísima a piano de Dorantes, que llena de aromas a buen flamenco la sala. Enrique el Extremeño aparece en escena cantando por seguiriyas y Juana Amaya surge entre las cajas para hacerse soberana de unas tablas que están esperando a que nos cuente su historia con los pies, con las manos, con el cuerpo entero, con toda la sabiduría que derrama esta maestra moronera de lo jondo. El relevo en el cante está asegurado con las voces portentosas de David el Galli y El Kini.
Juana es experta en contar el mensaje que guarda entre versos cada cante. Es capaz de recorrer el escenario y sobrecogernos con su cara, que dibujada un rictus de dolor, alegría o fiesta. Porque sabe que el flamenco cuenta nuestra historia y que cada pieza necesita representar su versión. Esta maestra es de las pocas bailaoras que se acuerda de teatralizar el relato más allá de la coreografía del baile, porque existe un guion que fluye, sin detenerse cada vez que termina un zapateado o un desplante.
Después de la seguiriya ejecutada con brillante perfección, siguió con la taranta con verdiales y abandolaos, para meterse de lleno en una magistral soleá y llevarnos a la cima del sabor con la bulería que homenajeó a su paisano Diego de Morón. Cantes que se alternan en las guitarras certeras de David Caro y Paquito del Gastor.
Juana Amaya es una soberana del baile que mostró sobre las tablas su estilo racial, pleno de fuerza y y orgullo, que no tardó en cautivar nuestros sentidos. Un baile gitanísimo, de aires muy personales, con el que consiguió transmitir la liturgia de lo jondo y pararse en nuestras emociones para cumplir con el recuerdo fascinante del pellizco que vive en el compás. Sus formas de elevar los brazos invocan lo más sagrado, sus manos caracolean con el aire, su manera de mirar al público intentando traspasar la piel que nos separa, mientras escribe con sus pies la partitura de la música del tiempo, remanecen de las cenizas de una historia eterna que ella invoca en su baile.
«Disfrutamos de un espectáculo de flamenco con mayúsculas, en el baile, el cante y el toque, sin complejos, sin búsquedas de otras vereas que no sean las que se transitan desde hace siglos, para disfrutar sin reservas del éxtasis de lo bien hecho»

Segunda parte: Aurora Vargas
Tras ese descanso que se nos hizo largo por lo inesperado, volvió a subir el telón para mostrarnos un decorado de siete sillas. En las tres de la izquierda, Raúl El Perla, flanqueado por los palmeros Diego Montoya y Javi Peña. En las tres de la derecha, Pedro Sierra, junto a José Peña y Manuel Valencia. En el centro, de la negritud del fondo, surge inesperadamente la figura morena de Aurora Vargas, vestida de verde aceituna, símbolo del flamenco en la cartelería de esta edición de la Bienal de Sevilla.
Aurora nació tocada por el hechizo de la jondura en su garganta. Su voz, única de bronce fundío, rememora la égira, la llegada y la soberanía de los gitanos. El cante en ella es verdad indiscutible, es entrega, desgarro y confesión de las sentencias firmadas en las coplas que se cantan desde el filo de las entrañas. En ella los cantes son puñaladas en los sentidos imposibles de esquivar. No hay ojana. Hay entrega absoluta que arranca en cada exhalación, en cada ayeo y en cada quiebro de la voz.
Arranca por martinetes esta gitana imponente de porte solemne arrastrándonos sin compasión al lamento de la fragua de sus ancestros. Todavía sumergidos en el llanto desnudo de los martinetes, nos arrastró a la dureza furiosa y arrasadora de la seguiriya, donde el dolor adopta su forma más bella. Aurora se retuerce en la silla, para extraer la esencia del sentimiento y arrojarlo por la boca. A continuación, nos saca de golpe de la ensoñación para poner alegría en nuestros oídos por cantiñas que suenan a cante viejo, de las de antes, con letras salineras que tantas veces ha interpretado en sus recitales y que siempre parecen un guiso nuevo recién hervido.
Se levanta de la silla y dice al público “ahora vuelvo” con esa frescura y seguridad de estar en su casa, porque, como ella misma recordó, el Teatro Lope de Vega le dio siempre un lugar para cumplir con sus éxitos. Mientras tanto, podemos pararnos con más atención si cabe en las guitarras maravillosas e imponentes que la acompañan.
Regresa ataviada de color coral, como los zarcillos de las gitanas, con paso firme y segura de quién es la que manda. Un tiento para templarse y zambullirse en los tangos que son plato fuerte en sus repertorios y donde se luce al baile que también domina como artista completa que es. No puede faltar en su garganta la soleá, el cante jondo por excelencia, que Aurora rebusca con dulzura y muchos reaños, para colocar el compás donde debe.
Y los tercios de la soleá la llevan de la mano a las bulerías, de las de escuchar, mientras sus manos rompen el aire haciendo palmas a compás que arrastran a sus magníficos palmeros a seguirla sin más. Su pataíta por bulerías es magistral, es un baile completo en un arranque. Ha dedicado este último palo a su nieta pequeña, que la admira desde el palco lateral. Pero no olvida, y entre las letras hay una que le araña las entretelas del alma, dedicada calladamente a su marido Pansequito mientras ahoga los sollozos entre los tercios que claman te fuiste de la vera mía, qué solita me has dejao.
Disfrutamos de un espectáculo de flamenco con mayúsculas, en el baile, el cante y el toque, sin complejos, sin búsquedas de otras vereas que no sean las que se transitan desde hace siglos, para disfrutar sin reservas del éxtasis de lo bien hecho.
Ficha artística
Hazme con los ojos señas, de Aurora Vargas y Juana Amaya
XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla
Teatro Lope de Vega
25 de septiembre de 2026
Baile: Juana Amaya
Guitarras: Paquito del Gastor y David Caro
Cantaores: Enrique El Extremeño, El Galli y El Kini
Percusión: Paco Vega
Cante: Aurora Vargas
Guitarras: Pedro Sierra y Raúl Fernández «El Perla»
Palmas: Javi Peña, Diego Montoya, José Peña y Manuel Valencia


























