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El Cabrero nació para ser libre

Sus incontables seguidores encontraron en José Domínguez Muñoz (Aznalcóllar, Sevilla, 1944) al cantaor profundo que unía su sed de justicia con la esperanza resplandeciente de hallar un día caridad para la tierra. Será, es, la libertad. Y esta es una razón más para creer en él.

Manuel Martín Martín por Manuel Martín Martín
13 mayo 2026
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El Cabrero. Foto: Vicente Pachón

El Cabrero. Foto: Vicente Pachón

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La muerte de El Cabrero, ocurrida a las siete de la mañana en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe, nos incita a una reflexión. El flamenco, como fuente de nuestra memoria musical, es hijo de su tiempo; también de los protagonistas y los cambios sociales de su tiempo, por eso es siempre nuevo y original. Pero, aunque expuesto a los vientos de la época, esta seña de identidad andaluza se refresca con las brisas tradicionales que le permiten una nueva ordenación de valores.

Desde esta sistematización surge el ideario de El Cabrero, que, con su adiós a los 81 años de edad, nos sitúa ante un valor de autenticidad que crea y testimonia su propia poética a partir de sí mismo y su entorno, y que desde los años setenta fue confirmando una voluntad de estilo en virtud de la cual no sólo agitó el ánimo de sus seguidores, sino que mantuvo la virtud –hasta su retirada a principios de 2020– de no pasar jamás inadvertido.

Hemos conocido muy de cerca a la persona y al cantaor, dualidad que en El Cabrero no podemos obviar por cuanto aparte de un antólogo de lo muy jondo, era un personaje, y no porque derredor de él se creara un relato, sino porque no es usual en la historia del flamenco toparnos a diario con seres como el de Aznalcóllar.

Al tiempo de escribir estas líneas, imagino ya estará siendo trasladado al Teatro Municipal de Aznalcóllar, donde en su frontispicio quedará escrito con gruesas letras el concepto de libertad en el arte, que puede entenderse como la capacidad que tiene para actuar de acuerdo con su propia voluntad, sin ser coaccionado por fuerzas externas. Pero en el caso que nos atiene, hay que concebirlo como el derecho fundamental de todo individuo a tomar decisiones autónomas y a vivir de acuerdo con sus propios valores y deseos.

Así se justifica la vida y obra de mi amigo José, trayectoria que tan bien captó Mi patria es la libertad, el extraordinario documental ensayístico de Joaquin Mimbrero. Un audiovisual que, en torno a poco más de una hora, ofrece distintas visiones del mismo personaje, pero sin atenerse a limitaciones más que las propias de cada entrevistado, que, de modo argumentativo, van perfilando la figura que, por preeminencia y autoridad, permite dar solidez a nuestro Cabrero.

Ese sería un referente para la memoria, como lo es, obviamente, su obra discográfica, toda una llamada de acción a la toma de conciencia. Porque este principio no aparece de la nada, generada espontáneamente como un accidente en la existencia y la vida humana, sino que el hombre lo tiene que desarrollar con su vida y sus decisiones. Por eso la vida de El Cabrero es una invitación a obrar en consecuencia ante quien ha hecho de la libertad una forma de vida.

Aludo, pues, a un cantaor que ni después de estar ausente del escenario pasó desapercibido. La explicación la hallo en que El Cabrero, que bebe los vientos del cante a la luz del método empírico y que encuentra en las vivencias la solidez de su conocimiento, no sólo ha dado garantías de verdad sobre la base de su experiencia, sino que persistió en medir la verdad de quienes musicaron el soplo agridulce de Andalucía, por lo que utilizaba el cante como relato en primera persona para poner de manifiesto un alegato por la libertad de pensamiento y en pro del prestigio y honra del arte flamenco.

Recuérdese, por ejemplo, aquellos años en que El Cabrero ya se codeaba con las grandes figuras de su tiempo, y se inició una cruel campaña contra él. Lo he dicho en varias ocasiones. Lo quisieron quitar de la vida y del cante. Unos, por la batalla que le plantó a quienes se adueñaron de las veredas o servidumbre de paso, y otros, porque no podían permitir la libertad de expresión en un sistema democrático, al punto que para joderlo –con perdón– llegaron a decir de todo: que si no tenía cabras, que lo que tenía era una finca de olivos, que si patatín que si patatán, y que incluso era millonario…

 

«Despedimos hoy a un hombre romántico y bucólico. Una voz amasada con una fuerte levadura humanista, con un humanismo arrancado de un apasionado deseo de abrazar la sustanciación del arte. Para ello tuvo que sortear obstáculos que para otros siguen infranqueables, y hacer música jonda de aquellos dolores universales que, históricamente, justifican nuestras lágrimas»

 

Escena de 'Mi patria es mi libertad'.
Escena de ‘Mi patria es la libertad’.

 

Mentiras tras mentiras para deteriorar la imagen de quien en no pocas ocasiones –fui testigo de ello– practicó el ejercicio de solidaridad con sus compañeros, o la de veces que donaba íntegramente su caché en los festivales que organizaba la Institución para la Tercera Edad de los Artistas Flamencos (ITEAF).

Nos ha dicho hasta luego, pues, un gran hombre, hijo y nieto de cabreros que ha estado dedicado toda su vida a su rebaño, al que sólo abandonaba para participar en festivales, hacer giras o grabar discos, por más que le colgaran el sambenito de que era poco sociable, infamia que proferían quienes nunca le vieron cómo recibía a las gentes normales en el camerino sin confundir lo sociable con lo pegajoso, ya que José era sólo amigo de los humildes, hermano de los que sufren y aliado de los honestos. Y esto hay gentes que no lo podían admitir.

Pero reseñado asunto tan repulsivo, no olvidemos que en los años ochenta del pasado siglo El Cabrero copaba la máxima atención junto a figuras como La Paquera, Fernanda y Bernarda, Fosforito, El Lebrijano o Camarón de la Isla. Y con ellos siempre se mantuvo en la legitimidad jonda, aunque eso sí, poniendo música a la tierra, al trabajo, a la libertad, al amor y a la rebeldía desde la más absoluta veracidad e insurrección.

El padre –recuerdo cuando me lo contaba– era natural de Nerva; la madre de Toledo, y él queriendo ser artista, así que despuntó en Sanlúcar, marchó a Madrid y tuvo que volver con tan poco dinero que el tren sólo pudo dejarle en Córdoba.

De la capital califal, pero ya acompañado por la policía, a Sevilla, y, como su orgullo de hombre no le permitía volver a casa como un fracasado, recaló en los aledaños del campo del Sevilla FC, donde dormía por la noche, hasta que vio un letrero, ‘La Cuadra’, de Paco Lira, y ahí conoció a Salvador Távora y a Alfonso Jiménez Romero, que lo contrataron para que debutara el 15 de febrero de 1972 como miembro del grupo La Cuadra, de Sevilla, con la que realizó una gira –representando la obra Quejío– que le llevó por Madrid, Francia, Italia y Ginebra, donde conoció a Elena Bermúdez, de ella se enamoró y allí se quedó, lo que le permitió dar en marzo de 1973 su primer concierto en solitario en el Théatre de l’Atelier de Ginebra.

A partir de ahí se propuso demostrar al mundo que él es un hombre de campo y amigo de los cantes, más que un cantaor al uso. Firmó por el sello Belter y sus obras planificaron la semilla y planificaron la siembra hasta profundidad insospechada, hasta lograr frutos que fueron fuente de inspiración y de denuncia de la realidad andaluza.

Despedimos hoy, por tanto, a un hombre romántico y bucólico, despreciador de la zafiedad de ciertos responsables culturales. Una voz amasada con una fuerte levadura humanista, con un humanismo arrancado de un apasionado deseo de abrazar la sustanciación del arte. Para ello tuvo que sortear obstáculos que para otros siguen infranqueables, y hacer música jonda de aquellos dolores universales que, históricamente, justifican nuestras lágrimas.

Acaso sean estos los atributos más sobresalientes que han llevado a la admiración de sus incontables seguidores, que encontraron en él al cantaor profundo que unía su sed de justicia con la esperanza resplandeciente de hallar un día caridad para la tierra. El Cabrero será, por consiguiente, para sus fieles seguidores, bastante más que un consuelo, aunque nunca remedio de sus males. Será, es, la libertad. Y esta es una razón más para creer en él. ♦

 

Tags: cantaor flamencoEl Cabreroobituario
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Manuel Martín Martín

Manuel Martín Martín

De Écija, Sevilla. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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