Al principio había compás. Pero no sabía la gente qué hacer con este juguete. Entonces los duendes, con su aje infinito, inventaron el flamenco para que la gente pudiera cantar, bailar y tocar la guitarra junta, sin que hubiera descarrilamientos.
Andando el tiempo, nacerían las formas básicas de soleá o siguiriya, cante noble, tangos, cante de levante… El compás de bulería, que resultó ser un gran invento por su flexibilidad sin límites, admitiendo cualquier clave musical, cualquier velocidad y todo tipo de voz o movimiento de baile.
«Cuanto más cambian las cosas, más siguen igual», sentenció el periodista francés Jean-Baptiste Alphonse Karr en 1849 muchos años antes de que el primer cantaor primitivo soltara un sonido negro. El titular de este ensayo, Del tablao al gran formato, queda corto. El tablao no fue el comienzo, ni muchísimo menos. El tablao fue el parto que dio lugar a los espectáculos de pequeño formato en café cantante, pulidos y perfeccionados para un público reducido pero entendido, con presentaciones más o menos ensayadas.
Es un formato que queda vigente al día de hoy, a la vez que numerosas obras nuevas nos pueden resultar vanguardistas o el famoso calificativo: arriesgadas.
«Gracias en parte a este festival dedicado al baile y la danza, jóvenes desconocidos empiezan a tallar muescas en su carrera de los estrenos encabezando compañías de gran formato, con más o con menos éxito, pero siempre con el entusiasmo por delante»
Hace unos años escribí que era engañoso y prepotente presentar estas obras en el nombre del flamenco, y luego refugiarse en “la libertad de expresión”. Sería buen teatro, pero se alejaba de lo que entendí como la intención flamenca.
Pero poquito a poco, gracias a la perspectiva y apertura del Festival de Jerez, cuyo trigésimo aniversario estamos celebrando, he ido asimilando sin pataleo a grandes creadores como Israel Galván, Rocío Molina u Olga Pericet, entre muchos otros. El flamenco tradicional, en todas sus vertientes, me sigue gustando, pero las presentaciones del Festival me transportan a otro paisaje mental.
Otro cambio de formato, que casi ha pasado desapercibido, es la desaparición de las salas de fiestas. Si las peñas son para unos cuantos, y están centradas en el cante, y los tablaos destacan al baile para grupos de turistas, las salas de fiestas de los años setenta a noventa ofrecieron un cómodo término medio entre ambos. Mientras que sólo las ciudades grandes como Madrid, Barcelona o Sevilla pudieron dar vida a los tablaos, España entera estaba salpicada de salas de fiestas, lugares elegantes que solían ofrecer un programa variado con cantantes, humoristas, un conjunto musical que tocaba para baile de salón, además de artistas flamencos de calidad cuya actuación se disfrutaba con copas o una cena.
Y llega el gran formato. Alrededor de los años 50 triunfaron las grandes compañías de baile como las de Antonio, Pilar López o Carmen Amaya, siempre encabezada por alguna figura de peso sin necesidad de más título.
En las tres décadas del Festival de Jerez ha quedado reflejado este desarrollo imparable con la importante diferencia de que ya no son necesariamente figuras conocidas los artistas que lideran las compañías. Gracias en parte a este festival dedicado al baile y la danza, jóvenes desconocidos empiezan a tallar muescas en su carrera de los estrenos encabezando compañías de gran formato, con más o con menos éxito, pero siempre con el entusiasmo por delante.



