– Tercer año como director, el segundo como programador, en un festival que cumple treinta años. ¿Siente vértigo?
– No sé si es vértigo, o más bien lo que siento son nervios. Los mismos nervios que pueden sentir los artistas antes de salir a escena. Pero también mucho respeto. Treinta ediciones no es una cifra redonda sin más. Son años de éxitos, alegrías, pero también de adversidades, momentos económicos difíciles, cambios sociales, estéticos, políticos, e incluso de una pandemia que puso todo en cuestión. Y el Festival de Jerez siguió adelante. He heredado un festival que ya tenía una identidad muy fuerte. Eso, más que vértigo, genera gratitud y responsabilidad. El mundo no es el mismo que hace treinta años. Tampoco lo son los artistas ni el público. Mi tarea no es congelar lo que fue, sino acompañar esa evolución con honestidad. No me gustaría que el Festival de Jerez fuera un museo nostálgico de sus propios éxitos. Quiero que siga siendo un motor que mira al futuro sin perder la raíz ni la memoria.
– La Bienal se presenta en Roma o París coincidiendo con Jerez. En Utrera el Tacón Flamenco dedica su fiesta al baile jerezano. ¿Les considera competencia?
– Sinceramente, no. Nunca lo he entendido así, porque no concibo la competición en cuestiones de cultura y arte. Más bien, todos somos complementarios y nos necesitamos los unos a los otros. Conformamos una misma red cultural entre todos. La cultura y el flamenco no funcionan como un universo donde uno crece restándole al otro. Al contrario. Cuando la Bienal se proyecta en Roma o en París, o cuando Utrera celebra el baile jerezano, lo que está ocurriendo es que el flamenco gana presencia y reconocimiento. Y eso es bueno para todos. Nosotros tenemos una identidad muy concreta. El Festival de Jerez es mucho más que exhibición de espectáculos: es formación, es ciudad y es convivencia. Aquí la experiencia artística se comparte como comunidad. Muchos de nuestros cursillistas planifican su año en torno a febrero. Vuelven, repiten, crean vínculos… Pero también la prensa y los aficionados, que son muchos. Eso es Jerez. Creo más en la complicidad y en la cooperación que en la competencia. Cuanto más fuerte sea el flamenco en el mundo, mejor será también para Jerez, para Sevilla, Utrera, Nueva York o Londres.
«El mundo no es el mismo que hace treinta años. Tampoco lo son los artistas ni el público. Mi tarea no es congelar lo que fue, sino acompañar esa evolución con honestidad. No me gustaría que el Festival de Jerez fuera un museo nostálgico de sus propios éxitos. Quiero que siga siendo un motor que mira al futuro sin perder la raíz ni la memoria»
– Jerez se abre a propuestas vanguardistas y contemporáneas. ¿Cómo se preserva la esencia?
– En el flamenco, la esencia no se preserva encerrándola. Se preserva poniéndola al servicio del presente, haciendo que dialogue con las realidades sociales en las que se mueve. El flamenco nació como un lenguaje libre, mestizo y fruto de la convivencia. Si lo convertimos en algo hermético, lo colocamos en una vitrina como pieza de museo o lo sacralizamos en un sagrario ante el que nos inclinamos, así, creo que estaríamos traicionando de partida a su naturaleza. Esto no quiere decir que no podamos también disfrutarlo en sus formas, letras y maneras históricas, porque también hay cuestiones universales. Lo mismo lo entiendo con la ópera o la música clásica. Preservar la esencia es garantizar que haya compás, verdad y raíz. Desde ese suelo firme, el arte puede explorar, arriesgar y dialogar con su sociedad, con otras disciplinas artísticas, algo que está muy presente tanto en la programación de los espectáculos, que estarán en los distintos espacios, como en la de las actividades paralelas.
– ¿Cómo definiría el festival de este año?
– Como un proyecto vivo que celebra treinta ediciones mirando hacia delante, pero con consciencia de todo ese recorrido. En esta edición reivindicamos la diversidad del flamenco y la danza española de hoy como un lugar abierto y plural donde cualquiera pueda reconocerse, expresarse o, simplemente, ser. Conviven grandes figuras con artistas jóvenes, formatos íntimos con grandes producciones. Hay memoria, pero también riesgo. Esa convivencia es el eje. No hemos querido hacer una edición conmemorativa en clave nostálgica. Miramos el recorrido con gratitud, pero también nos preguntamos qué queremos que siga siendo para pervivir con la misma lozanía otras treinta ediciones más. Me gusta pensar que es un festival abierto, vivo y plural, donde cualquiera pueda reconocerse, sentirse en casa o simplemente dejarse atravesar por la experiencia. Más allá de los números o los estrenos, lo que celebramos es una comunidad que se ha construido durante treinta años y que sigue creciendo cada edición.
– ¿Qué no debería perderse el aficionado y el neófito?
– Al aficionado le diría que observe con especial atención los estrenos, porque ahí el artista se expone de una manera especialmente vulnerable y verdadera. Propuestas como las de Manuela Carpio, que inaugura el festival en el Teatro Villamarta, o las de Estévez y Paños, los Hermanos Aguilar, Carmen Herrera o El Oruco, por nombrar algunos. Y al neófito le pediría que venga con la mente abierta y que se permita la sorpresa. Pero más allá de un nombre concreto, a unos y otros les diría que no se pierdan la experiencia completa: los nervios del debut, el patio de butacas que jalea con acento extranjero en perfecto jerezano, la peña donde el artista comparte compás después del teatro… El Festival de Jerez es programación, pero también son experiencias de vida compartida.
«Todos somos críticos, al fin y al cabo, pero yo quiero recomendar que practiquemos más la sorpresa, que tratemos de dejar prejuicios e ideas preconcebidas en la puerta y dejemos que los artistas nos cuenten y transmitan, y después valoremos desde el respeto a quien se sube a un escenario con ilusión, nervios, meses de trabajo duro. No olvidemos nunca que lo que hacen los artistas cuando se suben a un escenario es un acto de amor»

– ¿Qué es lo más exigente de dirigir un festival en la cuna del cante?
– Es exigente, pero también un privilegio. En Jerez el flamenco no se conserva. Se vive, se respira y se siente en el cotidiano. Es una manera de entender la vida y de transitarla. Forma parte del día a día. Eso obliga a programar con respeto, conocimiento y sensibilidad para que el visitante, además de disfrutar de las últimas propuestas artísticas, pueda sentir esa manera de vivir que tiene Jerez. Y el reto es estar a la altura de esa memoria viva sin convertirla en un límite. Entender que la tradición no es un freno, sino el suelo firme desde el que impulsarse.
– Supongo que nunca la programación será del gusto de todos. ¿Uno se acostumbra a la crítica?
La crítica es inevitable y necesaria, pero creo que ante todo debe ser justa. Si el arte no genera debate, pierde relevancia, así que siempre es bienvenida. Hay críticas que ayudan a mejorar aspectos concretos y otras que responden a sensibilidades distintas. Eso es muy sano. Creo que lo importante es no programar desde el miedo, no convertir al festival en un museo de sí mismo. Tiene que asumir su responsabilidad cultural y abrir caminos. Todos somos críticos, al fin y al cabo, pero yo quiero recomendar que practiquemos más la sorpresa, que tratemos de dejar prejuicios e ideas preconcebidas en la puerta y dejemos que los artistas nos cuenten y transmitan, y después valoremos desde el respeto a quien se sube a un escenario con ilusión, nervios, meses de trabajo duro. No olvidemos nunca que lo que hacen los artistas cuando se suben a un escenario es un acto de amor.
– Extremadura, Murcia… ¿han encontrado su hueco este año en Jerez?
– El flamenco tiene una raíz muy clara, pero su desarrollo histórico ha sido plural y diverso. Ha crecido desde la convivencia y el intercambio. Cuando una propuesta conecta con esa raíz y aporta una mirada honesta, tiene su lugar, venga de donde venga. No pedimos a nadie pasaporte, ni limpieza de sangre. Es decir, que desciendan de grandes sagas. Es más, la declaración de la Unesco del flamenco como Patrimonio Cultural Inmaterial no es gratuita. Significa que el flamenco no es de Jerez, ni de Extremadura, ni de Murcia o Sevilla. Es del mundo, de la Humanidad, y de toda persona que lo sienta como propio, porque el flamenco le habla y a través de él encuentra una vía de expresión o un espejo en el que mirarse. A la hora de programar, valoro las propuestas, su capacidad de dialogar con la sociedad y con otras propuestas para enriquecerlas, en este festival que trasciende la escena.
«Jerez es mucho más que exhibición de espectáculos: es formación, es ciudad y es convivencia. Aquí la experiencia artística se comparte como comunidad. (…) Creo más en la complicidad y en la cooperación que en la competencia. Cuanto más fuerte sea el flamenco en el mundo, mejor será también para Jerez, para Sevilla, Utrera, Nueva York o Londres»
– ¿Qué le gustaría hacer que aún no haya podido llevar a cabo?
– Me gustaría que Jerez pudiera ser motor de creación, que pudiera contar con un espacio y un programa de residencias artísticas que daría mucha más fuerza al festival y a la ciudad. También, consolidar alianzas que generen intercambios de largo recorrido, que vayan desde instituciones internacionales a otras locales. La candidatura a Capital Europea de la Cultura 2031 es una oportunidad para reforzar esa cooperación cultural pero entendida como colaboración cotidiana, más allá de colaboraciones puntuales. Creo que vamos por buen camino, pero aún hay margen para crecer.
– Llevar a término un festival con tantos estrenos y espacios, ¿le hace más aficionado o más escéptico?
– Te hace más consciente con el sector y, sobre todo, más agradecido a los artistas. Cuando uno acompaña el proceso de un estreno entiende el enorme trabajo que hay detrás: horas de ensayo, de dudas, riesgo y, sobre todo, ilusión. Hay una parte en la que un artista se debe convertir en empresario, porque un estreno es mucha inversión, también económica, y nuestra responsabilidad con el sector es permitir que los artistas rentabilicen esas inversiones, que sus propuestas giren y se vean en cuantos más sitios, mejor. Por eso no suelo contar el número de estrenos a la hora de programar, lo recuenta el equipo a posteriori cuando debemos extraer datos. Pero para mí no es un objetivo. El mérito es a fin de cuentas de los artistas, que son quienes se exponen y sostienen más de dos semanas sobre los escenarios. Pero también del equipo que hay detrás: técnicos, producción, personal de sala, limpieza, comunicación o taquilla. Hay muchas personas trabajando como un reloj con una dedicación enorme para que cada detalle funcione. Un festival de esta dimensión no lo levanta una sola persona, es un esfuerzo colectivo, como lo es el flamenco. Un cantaor, por muy bueno que sea, necesita un guitarrista y unos palmeros, como mínimo. Poder vivir de cerca ese proceso creativo, asistir al nacimiento de una obra o ver cómo una idea se transforma en escena no te vuelve distante. Al contrario, te conecta aún más con el flamenco y sus procesos y necesidades. Te recuerda por qué este arte sigue vivo y por qué merece la pena acompañarlo. ♦



