Cuando Fidel se propuso alcanzar diez millones de toneladas de caña en la zafra de 1970, salió un grupo con una canción cuyo montuno decía «van, van, yo sé que van, van». Y ahí comenzó la carrera de una de las charangas (con trombones) más influyentes de Cuba, cómo no, Los Van Van. Entre los muchos números que me gustan de Juan Formell, bajista, autor y director, es el coro que dice: «Yo soy normal, natural (pero un poquito acelerao)». Y me inspiro en este songo para el presente artículo, y así tratar un tema que creo interesante: la naturalidad como una de las cualidades que debe tener todo artista que se precie de serlo.
Fue mi amigo Ramón Soler quien, a mi pregunta sobre qué es la pureza a la que tanto se alude en relación a la música jonda, me dijo, escueto y directo: ser natural, puro, es lo que sale del corazón. Ahí comprendí perfectamente el sentido de la expresión. Lejos de significar cuestiones de raza y sangre, estirpe y ascendencia, lo puro es lo espontáneo, lo directo, lo verdadero, todo lo contrario a dar coba, defecto este que por cierto tanto se prodiga en nuestro flamenco.
La naturalidad es la esencia del arte. En eso estamos de acuerdo. Sin embargo, etimológicamente, un artista es alguien que tiene la habilidad, técnica o arte para realizar una tarea. Y en este sentido, tengo que mencionar otra idea que, aunque parece contradecir la expresada por Ramón en referencia a la naturalidad, creo que se complementa con la que hace muchos años me comentó mi otro amigo, ya desaparecido, Gonzalo Torrente Malvido, hijo del gran Torrente Ballester. Tuve mucha relación con este personaje del mundillo flamenco, paisano y bebedor, en las largas conversaciones que teníamos en mi casa de Lavapiés las muchas noches que se quedaba a dormir después de llamar al telefonillo, casi siempre de madrugada, y preguntarme si podía abrirle, con la tajá. En una ocasión me dijo: «El buen artista es el que mejor sabe engañar. El que sabe hacer creer a los demás que lo que está transmitiendo es verdad aunque sea producto de una labor artística, artificial, artesana».
Y pienso que es cierto, un buen artista es todo aquel que transmite sus sentimientos de tal forma que, en el caso particular de la música y el baile, el receptor puede percibir esos sentimientos como si el propio artista los estuviese viviendo, de ahí que se diga siempre que el flamenco hay que sentirlo. Cuando escucho esa afirmación siempre me pregunto: ¿y qué expresión artística no hay que sentirla? Todas las músicas hay que sentirlas. ¿O es que para tocar Beethoven no hay que sentir su música? Por supuesto que el flamenco hay que sentirlo, pero además de sentirlo hay que tener la capacidad de transmitir, compartir esas vivencias. Recuerdo cómo le molestaba a mi maestro Antonio Gades que le llamaran artista. «Yo soy un obrero de la cultura», decía siempre. Y remataba la frasecita con «entre lo que yo hago bailando y lo que el público percibe, eso puede ser el arte».
«Cantar por seguiriyas, cantar por soleá, cantar por alegrías, no es sentir solo la intensidad de las letras, que es imprescindible. Además hay que tener la capacidad para transmitir esa verdad, el cante verdad. Si pureza es ser natural, hacer las cosas de corazón, sin postizos, también es pureza hacer creer al que está escuchando que lo que cantas lo estás sintiendo de veras. Como hace el torero con el toro, engañarlo»
Si alguien tiene vivencias intensas se dice que tiene más capacidad artística para poder transmitirlas, ya que las has vivido, no te las han contado. Pero, de todos modos, un buen artista, al fin y al cabo, es aquel que es capaz de hacer creer a la persona a la que está transmitiendo su arte que él lo vive y que eso es realmente lo que quiere representar. No en vano, cuando vamos a ver, por ejemplo, Otelo, el que hace el papel del moro de Venecia seguramente no es ni moro ni de Venecia, pero representa un papel y el mejor actor es aquel que sabe transmitir la verdad que imprimió Shakespeare a ese personaje.
Y así ocurre igualmente con la música. Cantar por seguiriyas, cantar por soleá, cantar por alegrías, no es sentir solo la intensidad de las letras, que es imprescindible. Que la música, el gesto, la transmisión vaya acorde con el contenido del texto cantado. Además hay que tener la capacidad para transmitir esa verdad, el cante verdad. Si pureza es ser natural, hacer las cosas de corazón, sin postizos, una cosa es ser natural y, en el sentido de Torrente, es también hacer creer al que está escuchando que lo que cantas lo estás sintiendo de veras. Como hace el torero con el toro, engañarlo.
Es verdad que el flamenco es una forma de expresión que exterioriza mucho los sentimientos, los cantaores se agarran la camisa, retuercen las manos, cierran los puños, se le hinchan las venas del cuello, el propio cante es un grito de socorro. No en vano, el ayeo, la queja, es la esencia de la jondura. Toda forma de cantar flamenco conlleva esa teatralización, pero de ahí a que el intérprete haya vivido los sentimientos que quiere transmitir va una distancia grande. El intérprete lo que debe tener es la capacidad para transmitir esas pasiones, esas vivencias imaginadas, como tituló el maestro Vicente Amigo su segundo disco de 1995.
Lo ideal de un artista flamenco es pues ser normal, natural. Desde siempre he valorado mucho la naturalidad. En el baile, por ejemplo, no se me va una. Se nota una barbaridad cuando una persona no es natural, en el gesto, en los movimientos. Es muy difícil en el baile transmitir la naturalidad dentro del artificio que significa bailar flamenco. Por suerte, junto a Gades pude aprender a descifrar los secretos de una eficiente transmisión del arte bailable, y creo que soy capaz de discernir quién realmente transmite de verdad y quién está dándome coba.
La línea que separa esos dos mundos, la naturalidad y lo artificioso, es tan delgada que vienen a ser, como digo, complementarios. A ver si soy capaz de resumirlo en pocas palabras: «tener arte para ser natural». ¡Ea!




