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La Triana de Antonio el Arenero

Hablando días atrás con la directora de este medio, Jafelin Helten, surgió el nombre de Antonio el Arenero, personaje al que ella admira profundamente dado que no sólo aportó contenidos conceptuales, sino que fue custodio de los cantes trianeros.

Manuel Martin Martin por Manuel Martin Martin
2 julio 2025
en En Portada, Opinión
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Antonio El Arenero.

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A Jafelin Helten, por su afición.

Hay conmemoraciones que tomamos como apremiantes por las huellas que sus protagonistas dejaron en nuestra historia, o, indistintamente, por las motivaciones que inspiraron a sus coetáneos y/o a voces posteriores.

En esta tribuna solemos tenerlas en consideración, y hablando días atrás con la directora de este medio, Jafelin Helten, en tanto reflexionábamos en torno a cantaores que contribuyeron a la divulgación de matices inusuales o perdidos en el tiempo, surgió el nombre de Antonio el Arenero, personaje al que Helten admira profundamente dado que no sólo aportó contenidos conceptuales, sino que fue custodio de los cantes trianeros.

En esas cavilaciones surgió la fragilidad con que el flamenco suele olvidar a los referentes, a quienes sirvieron como modelos para sucesivas generaciones. Y de ahí el compromiso de poner hoy en valor a Antonio el Arenero, del que ha pasado desapercibido el centenario de su nacimiento y a quien conocimos gracias a Emilio Jiménez Díaz, ilustre trianero al que Sevilla y el flamenco le deben bastante más de lo que callan.

A Antonio, que mereció el remoquete de El Arenero porque se dedicaba a acarrear arena por el río Guadalquivir, lo tengo considerado como el depositario de la soleá de Triana, y sus bienes patrimoniales sonoros alcanzaron a nombres tan notables como Chiquetete, entre otros, aparte de que siempre fue muy estimado por permitir que la afición percibiera, hace ya más de nueve lustros, unas melodías trianeras que antes no distinguía.

El Rubio Arenero, como fue conocido en su juventud por ser hijo de Antonio el Rubio, nació el 13 de abril de 1925 en el número 111 de la calle Castilla, en el barrio de Triana, donde también vivieron Carmen Florido, Manolita Perea, Matilde Adorna y los Tudela.  De niño recogió los cantes paternos y de Garfias, y ya de mayor cantó para los amigos en las tabernas de David, Eulogio, Manolo el de los Burros, que a partir de 1947 sería Casa Mario; Casa Celestino, justo frente de su domicilio en Plaza de Chapina, o la de Joaquinito Ballesteros, en la calle Castilla, a quien tras su muerte en 1967 lo encumbró por soleá: Ya se murió Joaquinito, / Joaquinito Ballesteros, / que cantó por soleá / mejor que to el mundo entero.

Por aquellas calendas eran los tiempos inexplorados de El Sordillo, Manolo Oliver, Joaquinito Ballesteros, Niño Segundo, Emilio Abadía, El Cernícalo y Domingo el Alfarero, colectivo que conformaban lo más granado de un Zurraque trianero –lugar de trabajo de los alfareros–, cuyas soleares resplandecían en el destello del barrio por el que Antonio se paseaba como una persona de calidad, afable y de actitud empática, como así lo sopesó Carmen Perdigones Infante, con quien contrajo matrimonio en abril de 1952, fruto del cual nacerían ocho hijos, tres hembras y cinco varones.

Pero vayamos al meollo. Antonio se estrena con guitarra en La Cochera, junto a Manolo Brenes, y perdió el miedo a ser escuchado en La Soleá de Triana, de Paco Parejo, la célebre tertulia flamenca de la calle Alfarería que antaño fuera el bar El Rincón Trianero, hasta destaparse en el Cine Astoria, en la calle Castilla, el 6 de noviembre de 1976, cuando el homenaje que al Sordillo de Triana –aunque era veleño– le organizaron Paco Parejo y Emilio Jiménez Díaz.

Debutaría, no obstante, como profesional el 9 de junio de 1979 en el Festival de La Pañoleta, en Camas, y de la mano del amigo, escritor y poeta trianero Emilio Jiménez Díaz –la cita es de obligado cumplimiento–, al par de hacerse presente en recitales peñísticos, semanas culturales y en el fundamental disco La Triana del Zurraque. Cantes de Triana (Hispavox, 1982), junto a su compadre, El Teta, y su compañero Márquez el Zapatero, álbum que dejó fuera una soleá inédita de Antonio y donde sí podemos escuchar su tarjeta de presentación: Me llaman El Arenero / porque el pan que me comío / se lo he ganao, grano a grano / a las entrañas del río.

 

«Antonio González Garzón, Antonio el Arenero, el “buda feliz de la soleá de Triana”, como lo bautizó mi admirado Ángel Vela Nieto, falleció el 3 de julio de 2004 y sus restos fueron depositados en el cementerio de San Fernando, de Sevilla. (…) Se ganó el respeto de todos con las soleares alfareras, pero también porque gracias a él se pudieron percibir unas melodías trianeras que antes no se distinguían»

 

El LP citado contempla aportes personales de Antonio a la soleá trianera de El Quino (Si a ti te quiere tu mare, Coge y dile a tu maestro, Cuando paso por tu puerta y En el querer no hay venganza), El Sordillo (Aquí lo que convenía y Ay ya se apaga, ya se enciende) y Noriega (Tú nunca has tenío ropa, Siempre comprándote yo peines, En la Capilla del Carmen y Yo tengo cuatro mil reales), procedente probablemente de Emilio Abadía.

Este disco, en el que se detecta la falta de costumbre de no cantar con guitarra pese a la labor de José Luis Postigo, tal y como antaño se hacía en las tabernas, elevaría a Antonio a la profesionalidad definitiva, e incluso grabó para el programa La Puerta del Cante, de RTVA (1989), y figuró en conciertos de acontecimientos tan importantes como la Bienal de Flamenco Ciudad de Sevilla o la Cumbre Flamenca de Madrid.

Participó, mismamente, en los festivales andaluces del verano, al que recordamos tocado con su sombrero tirolés de paja, y fue homenajeado en eventos como el Festival Flamenco de Tomares el 30 de agosto de 1997, o cuando en los albores de 1998 se le dedicó el I Concurso de Cante Flamenco La Soleá de Triana, instituido por la Asociación Cultural El Turruñuelo, además de reconocimientos en Villanueva del Ariscal, la Peña Torres Macarena (1980), o el de los amigos de la extinguida Peña El Manantial.

Tan fascinante albacea de los sones trianeros, que en verano ejercía de carpintero de barcos –el suyo se llamaba Teo– y en invierno de arenero, también apuntaba por seguiriyas, concretamente las variantes de Manuel Molina (Levántate María), el Viejo de la Isla (Corre y dile a mi niño Currito) y el cambio de La Josefa (A un toro de plaza); martinetes de Juan el Pelao, fandangos de Antonio de la Calzá, Bizco Amate o de Lucena, y hasta bulerías por soleá de Antonio Lapeña, María la Moreno y Frijones, teniendo por escolta a los ya citados Postigo y Manolo Brenes, además de Ricardo Miño, Manolo Domínguez El Rubio, Quique Paredes o Antonio Carrión.

Entre los estilos soleareros que difundió, sin ajustarse a los tiempos musicales, aunque matizando el arco melódico con expresión tranquila y dulce en la ligazón de los tercios, se encuentran los de Pinea (No te metas con la Nena, Me acuerdo de mi María, Siempre comprándote peines o Aquí lo que convenía); Ramón el Ollero (Sordo como una tapia, Los serenos de Triana, Dicen que he robao un cáliz, Permita que a ti te falte o Aunque todavía tengo en mi cama); la que se adjudica al Arenero Viejo (Que pa qué tanto llover), dos de El Sordillo (Corre y dile a tu maestro y Quién te ha hablao mal de mí), y el de La Andonda (Merecía esta serrana).

Por añadidura, anotemos, pese a ello, las recreaciones que les confirió Márquez el Zapatero en su compacto Flamenco y Universidad. Vol. XIV (2013), en variantes que asoció a siete estilos, tal que Esto sí que es cosa grande, Andas diciendo tu mare, Los serenos de Triana, Tú nunca has tenío ropa, En el querer no hay venganza, Cuando llames a mi puerta y Sordo como una tapia.

Estamos, pues, ante quien hizo de la soleá de la Cava de los Civiles su cante insignia, el himno del Zurraque en un arrabal, Triana, al que abandonó para trasladarse a vivir al barrio sevillano de San Diego, donde renunció a la profesionalidad ocultándose tras la oscuridad de la ceguera.

Antonio González Garzón, Antonio el Arenero, el “buda feliz de la soleá de Triana”, como lo bautizó mi admirado Ángel Vela Nieto, falleció el 3 de julio de 2004 y sus restos fueron depositados en el cementerio de San Fernando, de Sevilla. Veintiún años después, y sin olvidar que estamos en el centenario de su nacimiento, es de nobles recordar que se ganó el respeto de todos con las soleares alfareras, pero también porque gracias a él se pudieron percibir unas melodías trianeras que antes no se distinguían.

 

Tags: Antonio el Arenerocantaor flamencoEmilio Jiménez DíazJafelin Helten
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De Écija, Sevilla. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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