Esta es, a grandes rasgos, la trayectoria de uno de los prohombres del flamenco que yo he tenido el placer de conocer y con quien he compartido vivencias inconfesadas, Luis Soler, al que me cupo el honor de solicitar su inclusión como miembro ilustre de la Fundación Antonio Mairena y no tanto por su flamante hoja de servicios o por haber llegado a definir, junto a mi admirado Ramón Soler, a Antonio Mairena como el modelo clásico del cante bien hecho, la perfección en el sentido de la dignificación y del poner las cosas en su sitio, sino por ser un mairenista que no albergaba sospecha.
Aquella frase final sonó en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Mairena del Alcor como a sentencia. Incluso un alto cargo de la Fundación y con mando en plaza me dijo una vez finalizada la sesión: “Lo que más me gusta de tus exposiciones es que siempre tienes tres discursos, uno complaciente, otro técnico –porque llamarle “jondólogo” a un investigador es algo que nunca había escuchado– y el otro contundente, que no admite respuesta. Enhorabuena, porque los Soler han entrado como se merecen, por la puerta grande”.
El personaje en cuestión, malagueño por más seña y ya en los cielos incinerados del recuerdo de la tierra de La Trini, no era ajeno a “la canalla ignorancia” que había –y que aún persiste, porque los necios se cuentan por metros cuadrado– sobre su persona.
Tampoco le eran desconocidos los ataques que desde las trincheras de la infamia le lanzaban por la espalda, como su gitanofilia, su amor apasionado y compartido con un servidor de nadie hacia Fernanda de Utrera o el apartarlo de los circuitos culturales por el mero hecho de saber de flamenco más que los que, erigiéndose en asesores de la nada, nos reprochan que el daño que le hacemos los críticos a la colmena se lo hacemos a la reina. Y yo digo que no. Y no porque no haya algo de cierto, sino porque en la colmena del flamenco ya no quedan abejas, sino ovejas.
Pero sin apartarme de los honores que hoy le brindo, he de insistir en que Luis Soler estuvo hecho de otras carnes. Luis es de los que no se han callado jamás a la hora de reclamar un manual de reforma de la vulgaridad flamenca. Luis no ocultaba decir sin ambages que no hay una conciencia de rebeldía moral en la sociedad española, que ha producido monstruos por doquier y que tiene como modelo social a mamarrachos por doquier. Luis no es de los que se daban un saludo a brazo partido con el jefe de todos los jefes porque sería como el tonto del pueblo, que por fin consigue una foto con el señorito. Luis ha sido y es de los que lanzaban la piedra del debate necesario sin intención de guardar la mano.
Luis, que ante la injusticia es como decía Sócrates, que cometerla es mucho peor que sufrirla porque es más deshonroso, también sufría ante quienes inoculaban en la sociedad flamenca el peor de los venenos, la estupidez, esto es, admitía que hay opiniones para todos los gustos, pero sobran tanto Torquemadas como ignorantes.
Para Luis, la participación, el conocimiento y la reflexión, han sido las claves perpetuas para integrar a la juventud en el sistema flamenco. Luis censura –¡cuesta escribir en pasado, con perdón– el abuso de los mecanismos mercantiles y los concursos de cante prefabricados. Y Luis es de los que desacreditan a los medios de comunicación que favorecen el espectáculo mediático y miden la cultura por los índices de audiencia y no por la calidad.
«Sin apartarme de los honores que hoy le brindo, he de insistir en que Luis Soler estuvo hecho de otras carnes. Luis es de los que no se han callado jamás a la hora de reclamar un manual de reforma de la vulgaridad flamenca. Luis no ocultaba decir sin ambages que no hay una conciencia de rebeldía moral en la sociedad española, que ha producido monstruos por doquier y que tiene como modelo social a mamarrachos por doquier»
A los responsables públicos, en este sentido, se les fue de las manos una oportunidad única: nombrarlo director del Centro Andaluz de Flamenco. Así que mientras los andaluces se salvan porque lo que ven en Canal Sur TV es lo que hay encima de los hombros de los aflamencados, pero no lo que hay dentro, prever cuándo el flamenco tendrá un buen gestor será como adivinar qué día vamos a morir.
Entretanto la televisión da cabida a los pensadores para que sus reflexiones lleguen a la afición, no puedo olvidar reseñar que Luis ha sido, igualmente, un marido íntegro, como bien puede certificar su mujer, María Isabel Aguilar; un padre ejemplar, y ahí están sus hijas, Marisa y Eva, y un abuelo tan jartible como todos los abuelos.
Pero también para sus amigos ha sido un hombre decente porque sus ideas fueron más allá del papel de propaganda que todo lo aguanta. Luis aborrecía la demagogia y el engaño porque entendía que el patrimonio más sagrado del ser humano es la libertad para decir.
Mi hermano Luis, por último, ha vivido en Algeciras y, como les he insinuado, sufrió hasta el día de su jubilación lo que no estoy autorizado a relatar, pero su último rincón para la memoria lo habitó en Málaga.
Algeciras le otorgó el 20 de noviembre de 2009 su máxima distinción, la XVIII Palma de Plata Ciudad de Algeciras, que tuve el inmenso honor de presentar junto a mi compadre en el recuerdo Onofre López, prestigioso trofeo que por vez primera recaía en un escritor y analista que, para gloria del flamenco, había entregado lo mejor de su vida en la exploración de lo jondo y en el pensamiento útil para su preservación y difusión.
Pero que nadie olvide que Luis ha dado más a Algeciras que lo que ha recibido. Y eso sí: nunca pediré el título de Hijo Predilecto de Málaga para mi amigo Luis Soler. ¿Porque cómo puede ser hijo quien fue el padre de la investigación malagueña?
Mil palmas al cielo malagueño, empero, porque, aparte de que habrá de ser la memoria la que cicatrice las heridas del alma que fue acumulando nuestro protagonista, reconocer los méritos a una de las máximas autoridades en materia flamenca debiera ser un gesto impagable y un ejercicio de valentía hacia quien nos acaba de dejar a los 81 años de edad.
Y digo esto porque si Luis Soler nunca quiso ser ejemplo y modelo de nadie, “sólo quiero ser una voz, la mía, nunca la de nadie”, porque “ello me sirve no para ganar lo que no puedo, o sea, la guerra al señor Parkinson, pero sí no pocas batallas”, como me decía cuando le asomó la enfermedad, desde ExpoFlamenco le rindo honores a un hermano y gran hombre de la cultura andaluza no por lo que los demás predicamos de su persona, sino por su aporte constructivo al Cante.
Honro, por último, a Luis Soler por haber sabido inculcar sus pensamientos y creencias a más de una generación, y, sobre todo, por haber creado una identidad, la del aficionado ideal, esto es, la de aquel que huye de vacías alabanzas y que, en lugar de buscar metas para el aplauso, ahondó en los principios para encontrar dónde y cuándo se torció el camino. ♦
→ Ver aquí la segunda entrega de esta serie de Manuel Martín Martín a Luis Soler Guevara.
→ Ver aquí la primera entrega de esta serie.




