La afición de Sevilla y el flamenco están de luto. La amistad también. Fallece un cabal. Lucen crespones negros en los postigos de toítas las peñas por las que ha dejao su imborrable huella. Andalucista hasta el túetano, hombre de convicciones firmes y leales, radical en la mejor acepción de la palabra, estuvo ligado al compromiso ético que antepone los principios hasta el último suspiro. Luchador incansable por los derechos, tenía hirviendo en los altillos de su sesera un vivero de ideas. Y con reaños le echabas los avíos para que salieran adelante. ¡Cuántas se habrán quedao en pañales!
Fuiste la cara amable, la sonrisa que muchos algo más jóvenes vimos sobre el entarimao de la Peña Flamenca Torres Macarena departiendo tus presentaciones con un piquito de oro. Y mu flamenco. Defensor de la crítica, arrimao a los jóvenes, justo con los veteranos… Aficionao empedernío, trabajador infatigable, celestino, creador de peñas y entidades flamencas, de esta o de aquella manera. ¿Que no hay una sede? Pues en una barraca y la llevamos a la calle. Aquí hay un grupo de personas sensibles y ese barrio está huérfano de rincones para el pellizco. Allí que propiciaba él que se diera el duende para congregar a un puñao de nuevos y viejos apasionaos de este dulce veneno que hemos compartío hasta tu partida.
«¿Cómo me despido de ti sin que me coma por dentro la rabia y se me antoje pegarle bocaos al bicho? ¡Qué más dan los títulos, tu etapa docente, tu currículum! Cuando lo que eras es doctorado en buena gente, cabal entre los cabales, marido, amigo y flamenco. Todo ello con mayúsculas»
Ni la puñetera enfermedad te postró en la cama y, a rastras, de la mano de tu inseparable mujer y amada Ana, que le ponía los ojos con su cámara a tus palabras contando la majestuosidad del arte, ibas a La Bambera, a Aires Flamencos, a El Carbonerillo o a Torres Macerena, por citar algunas en las que más disfrutábamos de tu presencia, para restregarte por el pecho los últimos zamarreones de jondura para alivio del alma.
La muerte te estaba empitonando bravía y tú la esquivabas escondiéndote con mil quiebros, a muletazos bajos por estos recovecos del arte. Lo sabías y quisiste morir con el capote en el hombro.
¿Qué te digo yo ahora, Miguel? ¿Cómo me despido de ti sin que me coma por dentro la rabia y se me antoje pegarle bocaos al bicho? ¡Qué más dan los títulos, tu etapa docente, tu currículum! Cuando lo que eras es doctorado en buena gente, cabal entre los cabales, marido, amigo y flamenco. Todo ello con mayúsculas. ¿Dónde están las palabras en el diccionario que te definan sin dejar fuera todo lo extraordinario que rebosas?
Cuando estén ardiendo tus carnes, el humo olerá a hinojos y en los crujíos de tus huesos sonarán quejíos de Fernanda, un ¡ay! de Menese, una espuerta de tercios por soleá y un lamento seguiriyero envueltos en tu sonrisa sempiterna con la que quiero recordarte y que te recuerden para admiración y envidia de los que te queremos y tuvimos la suerte de tenerte como amigo.
Fallece un cabal. Adiós a Miguel Camacho. ♦




