Sara Jiménez lleva años bailando en compañías ajenas, entre ellas el Ballet Flamenco de Andalucía y la de Estévez y Paños. En La compañía, su debut en solitario en la Bienal de Flamenco de Sevilla, la granadina sube a escena la suya propia. La convierte en una troupe ambulante que transforma el Teatro Central en el solar de un pueblo el día que llega la feria.
Salen seis figuras con ropas de cómico de carretera y nos hablan todas a la vez, como los feriantes cuando montan el puesto. Nadie sabe todavía quién canta, quién toca y quién baila, y esa duda es la mejor noticia de la noche. Aquí no hay cuadro flamenco con sillas asignadas. Todo funciona como en las troupes de antes, donde el mismo que vendía las entradas tocaba luego la guitarra y entre todos montaban y desmontaban el tinglado. La que canta ahora baila después, otro se deja embalar como un bulto de mudanza y un teclado hace de flauta cuando hace falta.
El equipaje entero cabe en unas cuantas cajas de cartón, numeradas como las de una mudanza. Hacen de tarima y de casa. Pronto uno de los cómicos sube a un cajón bajo una luz verde, con los brazos en alto, como aquellas cabras que los titiriteros subían a un taburete en las plazas. El gesto trae a la memoria un cante. Cuenta la tradición que la mariana, uno de los palos menos frecuentes del repertorio, debe su nombre a los animales amaestrados de los gitanos errantes.
Más tarde alguien pregona a «Mariana, la gran Mariana», que aun siendo de Almería se anuncia como gran intérprete de sevillanas. Las sevillanas suenan desafinadas, se olvida la letra, se cambia de copla sobre la marcha y la bailaora acaba cantando también a trompicones. Es el humor del payaso que tropieza adrede, y hay que saber mucho de sevillanas para destrozarlas con tanta gracia.
Jiménez tampoco se queda en la parodia. Un bolero arranca a capella y la guitarra lo lleva hacia algo que suena a guajira. Baila ella, mientras otra bailarina la dobla en segundo plano y el resto la arropa con palmas y jaleos, hasta que el grupo entero se suma. Las sincronías brotan en distintos puntos del escenario, como relojes que marcan horas distintas, y el movimiento no se detiene nunca.
«Esta obra pide algo que el flamenco no siempre concede: que aceptemos que la bailaora desafine y que el pellizco llegue en mitad de una broma. A cambio devuelve una idea muy seria, escondida bajo la purpurina. El artista flamenco ha sido siempre un poco feriante, un forastero que entretiene y levanta el campamento. Jiménez inventa la historia de unos cómicos cualquiera y consigue que nos importen como si fueran de la familia»

Con las cajas se construye también un camino que los intérpretes recorren haciendo equilibrios, una pasarela que se fabrica a medida que se avanza, como la vida de quien nunca deshace del todo la maleta. Al final espera la mujer bala, de blanco y envuelta en humo, el número de riesgo de todo circo que se precie. Tras la hazaña, la troupe sale en pasacalle, como salían los cómicos a anunciar la función por las calles del pueblo.
Luego las cajas se hacen mesa, con su mantel blanco, y la comida compartida degenera en bacanal. Llegan las luces rojas, la troupe gira alrededor de la mesa como un carrusel, con un pandero, y el infierno aparece en tono de burla, con más verbena que azufre. Hay una falsa muerte, una resurrección que se celebra y una cena en calma que un quejío rasga de arriba abajo. Jiménez y su codirector, Juan Kruz Díaz de Garaio Esnaola, saben pasar de la carcajada al escalofrío en un solo gesto.
El desenlace vuelve a las cajas. Las amontonan, las envuelven en tela y tiran de ellas como de un carromato. Después levantan con ellas un teatrillo, el teatro dentro del teatro, hecho con lo que cabe en un maletero. La compañía se despide con el pregón de siempre, pasen y vean, y saluda uno a uno con algarabía de feria. El público responde con entusiasmo y se pone en pie. A la salida, en cambio, las opiniones se reparten. Es lo que tiene una obra que la propia Bienal emparienta con el teatro del absurdo: siempre toca alguna fibra, pero no todos la leen del mismo modo.
A nosotros nos conquista de principio a fin. El trabajo actoral y artístico de los seis es admirable, porque ninguno se limita a su oficio y todos encarnan además un personaje. La música original de Teresa Hernández y Raúl Cantizano viste cada cuadro con precisión de sastre, del bolero a la verbena infernal, y la dirección de escena cose las piezas sin que se vean las puntadas. Todo lo sostiene una complicidad absoluta, la misma camaradería que hacía soportables, y sobre todo humanos, aquellos viajes de los cómicos que Fernando Fernán Gómez retrató en El viaje a ninguna parte.
Esta obra pide algo que el flamenco no siempre concede: que aceptemos que la bailaora desafine y que el pellizco llegue en mitad de una broma. A cambio devuelve una idea muy seria, escondida bajo la purpurina. El artista flamenco ha sido siempre un poco feriante, un forastero que entretiene y levanta el campamento. Jiménez inventa la historia de unos cómicos cualquiera y consigue que nos importen como si fueran de la familia. La prueba está en el teatrillo del final: un telón blanco entre cajas de cartón, una guitarra dentro y una mujer bailando delante. Con eso, y con nada más, se ha hecho flamenco durante generaciones.
Texto: David Ladrón de Guevara


























